
Hola. ¿Qué tal, cómo estás? Soy Carlos Vitesse, y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
Después de casi 2 meses, vuelvo a estar por aquí, no sin dificultad, y me refiero al hecho de concretar un tema sobre el que hablar y que le dé sentido a grabar (al menos desde mi punto de vista). Y es que, como es de público conocimiento, la actualidad española va de desgracia en desgracia, y desde hace bastante tiempo, la atmósfera política es irrespirable, teniendo al personal en un estado de excitación y estrés que, en lo personal, me resulta insano.
Es que abstraerse de lo que se comparte en redes sociales, medios de comunicación de todos los tipos e incluso lo que se escucha en el ámbito de calle resulta una tarea como mínimo compleja, si uno pretende estar informado, pero a la vez protegerse del tsunami informativo o desinformativo, según de dónde venga esa autodenominada información veraz.
Mi hartazgo ha llegado a tal punto que, por salud mental, he dejado de leer periódicos, y es una experiencia totalmente nueva para mí, porque desde la niñez y en todas las etapas de mi vida hasta el presente, en versión papel o digital, jamás había estado “desconectado” de esta forma.
Llevo aproximadamente un mes sin entrar a las webs de las fuentes más conocidas, evitando recibir la dosis diaria de ponzoña informativa que me estaba haciendo mucho mal, y tengo que decir que estoy muy contento. Estoy informado, pero de otras formas, filtrando muchísimo lo que me llega, y he notado un cambio emocional, pero también físico, por lo que considero que es una experiencia recomendable.
Y por eso, hoy no voy a opinar o tocar la actualidad; será uno de esos episodios en los que más de uno solo al leer el título diga: ¿Esto qué es? Pero es lo que me apetece contar hoy…
Creo que fue a finales del verano o poco después, escuchando un pódcast, que lamento mucho no recordar cuál era porque no es de los que sigo habitualmente; la persona decía que había utilizado una cabina telefónica, e inmediatamente se me vinieron a la mente infinidad de recuerdos…
Como sabemos, hace un tiempo, en España fueron retiradas las cabinas telefónicas que quedaban en las calles de nuestras ciudades, las últimas a mediados de 2023, y en mi barrio había una que aguantó casi hasta el final. Es más, durante años pasé frente a ella casi ignorándola, porque nunca necesité utilizarla, pero sabiendo que era una “especie en extinción”, decidí inmortalizarla en una foto hecha con el móvil, y que habré guardado en alguna carpeta que tendré que buscar con paciencia, porque no está en los discos duros que utilizo a diario. La verdad, el tema de las fechas es algo que siempre me despierta mucha curiosidad, así que un día de estos buscaré esa imagen, y a ver qué sorpresa me llevo.
Bien, decía que esto de las cabinas me trajo recuerdos, y pensé: ¿cuál fue la última vez que recuerdo haber usado una? Y creo, sin temor a equivocarme, que el dato corresponde a comienzos de 2006, es decir, hace 20 años y algunos meses, cuando hacía algunas llamadas internacionales bastante puntuales.
Obviamente, en 2006 había millones y millones de personas con móviles; yo también lo tenía, pero para este tipo de llamadas internacionales, me convenía hacerlas desde un teléfono público, porque con una tarjeta de prepago, controlaba mejor el tiempo y el gasto, así que me llegaba hasta una plaza que había en la esquina de la calle donde vivía, y allí había un par de teléfonos públicos.
Y mientras pensaba en la última vez, me vino a la mente también la primera que recuerdo, que fue allá por 1974, cuando, tras habernos mudado, comencé el curso escolar en un nuevo colegio, y en la entrada del edificio por su planta baja, tras una gran puerta acristalada, se accedía a un corredor muy ancho que, sobre su izquierda, tenía un despacho abierto hecho con madera y vidrio, y a su lado, casi pegado al ventanal y colocado sobre la pared, había un gran teléfono público de color celeste.
En aquel despacho que tendría como mucho 3 metros de largo por 2 metros de ancho, a toda hora había una persona —generalmente mujer— que trabajaba como recepcionista. Eran tiempos en los que no había ordenadores personales, así que todo eran papeles, bolis, si acaso una máquina de escribir, y lo que fuera necesario para atender a quienes llegaban a la puerta del colegio a pedir o preguntar algo, ya fueran padres, proveedores, cobradores o lo que fuera. En resumen, que el o la recepcionista de turno era el nexo entre el exterior y el interior del colegio, la persona que tomaba todos los recados, hacía pagos y mantenía el contacto con profesores, empleados, familiares, etc. Y he dicho pagos, porque eran tiempos en que muchos cobradores venían a domicilio y le pagabas en efectivo la cuota del club, el seguro del coche y tantas otras cosas, algo hoy impensable, y que fue desapareciendo cuando los amigos de lo ajeno comenzaron a asaltar a este tipo de trabajadores, portadores de grandes cantidades de dinero, recorriendo las ciudades a pie, porque cada uno tenía su zona e iban de puerta en puerta.
En ese despacho, y para gestionar el trabajo diario, la persona disponía de una línea “privada”, y para el resto de mortales, léase los cientos de alumnos que acudíamos allí cada día, desde el jardín de infantes hasta los de bachillerato, para comunicarnos con el exterior, teníamos aquel único teléfono público, que al principio funcionaba con monedas y luego con fichas que te vendían extendiendo la mano por sobre las paredes del despacho.
Por aquellos lares, a mediados de los 70 teníamos centrales analógicas, por lo que ponías una moneda y hablabas una eternidad. Luego, con las fichas ya tenían tiempo de corte, y al digitalizarse en los 80, las llamadas se hicieron mucho más caras. Pero al principio era una maravilla, y cuando el monedero estaba lleno (que ocurría muy seguido porque éramos cientos de alumnos diarios usándolo), el aparato se volvía loco y hasta hablabas sin poner dinero, pero han pasado más de 50 años, y no recuerdo cuál era el truco que lo hacía posible.
En aquellos años y por donde vivía, como ya mencioné en otras oportunidades, el hecho de no contar con centrales digitales hacía que en los 70s tener una línea privada en tu domicilio, en algunos barrios, fuera muy complicado, porque la cantidad de líneas estaba determinada físicamente por los accesos disponibles en cada calle, así que en casa recién conseguimos tener teléfono en 1977. Si alguien tenía que llamarte por algo importante, tenías que darle el número de un vecino o un amigo, y que dejaran allí el mensaje, para que te llegara cuando fuera posible.
Y dentro de las cosas que se me pasaron por la mente pensando en cabinas, recordé la película que quienes tengan mi edad también recordarán; me refiero al film español estrenado en TVE en diciembre de 1972, un mediometraje de 37 minutos de duración, escrito por José Luis Garci y Antonio Mercero, con José Luis López Vázquez como protagonista. La vi unos años después en la tele, estando en bachillerato, y recuerdo comentarla con una compañera de clase que también la había visto y coincidíamos en lo rara que nos había resultado, y que habíamos sentido la desesperación que estaba experimentando aquel señor, encerrado en la cabina, al intentar usar ese teléfono público.
Y ya lo he mencionado en otra oportunidad, qué afortunados somos aquellos que nacimos en los 60 o incluso los 50, porque hemos vivido un progreso tecnológico maravilloso en pocas décadas, pasando de lo que hoy para los jóvenes es casi ciencia ficción, porque muchos no se creen de dónde venimos, a la vida actual, que en aquellos años para nosotros era un futuro de ciencia ficción.
Para un niño en los 70, que no tenía ni línea telefónica en casa, que veía el mundo a través de la televisión en blanco y negro, decirle que solo un par de décadas después tendría ordenador personal en casa con conexión a internet, y años después un móvil con las prestaciones que han acabado con cámaras de fotos, radios y mil cosas que uno ha usado, incorporando ahora la inteligencia artificial, eso sí que era increíble e impensado. Por eso digo que ha sido maravilloso poder verlo y experimentarlo en primera persona.
Y a uno le han quedado recuerdos imborrables, por ejemplo en verano, cuando íbamos a un pueblo de playa a pasar las vacaciones, y queríamos hacer una llamada de teléfono para hablar con familiares. Aquello era un ritual que, dependiendo del momento y el día, te podía significar esperas de más de 1 hora para acceder a la cabina.
Sí, más de una hora haciendo cola porque los únicos teléfonos públicos que había en aquel sitio (y tantos otros a lo largo y ancho de la costa, y también pueblos en otros sitios) eran un punto específico al que tenías que llegarte y esperar turno.
Estoy obviamente hablando de los años 70, en el tercer mundo, y recuerdo que acompañaba a mi padre para poder hacer una llamada a través de la única compañía telefónica existente, la estatal, porque en aquel entonces tanto la red eléctrica, la telefónica, el servicio de agua potable y más cosas eran servicios prestados por el Estado y en régimen de monopolio.
En aquel pueblo de playa, en invierno estaba casi desierto, pero en verano había mucha gente, y las infraestructuras —como suele suceder— no estaban preparadas para una alta demanda, y cualquier cosa que quisieras hacer era un problema. Por eso una simple llamada generaba una historia, y el recuerdo que todavía perdura.
Durante el día, con el calor y que evidentemente la gente hace su vida, normalmente no llamabas a nadie porque probablemente no los ibas a encontrar en su casa, así que salvo que te comunicaras por trabajo con alguna oficina o comercio, si querías hablar con un familiar, tenías que esperar a la noche, y asegurarte de encontrarlo en casa.
En aquel pueblo había muy pocos comercios, y aún menos tenían teléfono privado, y la gente estaba acostumbrada a ir a la centralita que todos conocían, salvo algún caso de gente muy pudiente, contadas con los dedos de una mano, que disponía de una línea privada en su casa. Y si en la ciudad con más de un millón de habitantes, en algunos barrios hubo gente que esperó el servicio 30 años, ni te cuento lo que fue en pueblos en los años 70; directamente no había infraestructura para ampliar los servicios, hasta que en los 80 comenzó a renovarse con la tecnología digital.
El sitio al que teníamos que llegarnos para llamar, se encontraba al final de un corredor abierto, estrecho y largo, que desembocaba en una zona algo más abierta, donde existían algunos pequeños locales, y en uno de ellos funcionaba el servicio público en cuestión. Al principio era por orden de llegada, pero luego, con el caos, se incorporó el repartir turnos, pero eso no cambió la esencia de la experiencia: tenías que esperar parado, haciendo cola como una hora, y a la intemperie. Por suerte era en verano y el calor no era problema, pero a veces la lluvia hacía acto de presencia, y eso, como todo, tenía su parte buena y mala: podías avanzar más rápido, pero como no hubieras llevado paraguas, algo normal por la inestabilidad del tiempo, llegabas a casa como si te hubieras duchado vestido.
Eran unas instalaciones precarias, pocas cabinas y el espacio físico era agobiante, evidentemente no pensado para ese destino, o si acaso así hubiera sido, obedecía a otra época y no era adecuado para aglomeraciones “modernas”.
Esa pequeña oficina telefónica estaba alojada en un recoveco de un gran edificio al que se accedía por otra calle, una propiedad que se veía avejentada, mal mantenida y reflejo de una cierta decadencia que esperaba su momento para el cambio.
La construcción de estilo náutico, que actualmente continúa existiendo pero de forma diferente, es de gran tamaño y tiene su historia. Fue inaugurada en 1937 como hotel casino, al que acudían cantidad de turistas argentinos, pero una de las tantas crisis que afectó a ese país hizo que en los años 40 ese flujo de clientes se frenara. El hotel no pudo sobrevivir a la baja ocupación, y hay varias versiones sobre el cierre parcial o total, que van desde 1945 hasta los años 50 o algo más. Pero sea como sea, terminó vendido como viviendas en régimen de propiedad horizontal.
Buscando información, di con una web que tenía “escondida” una foto de la época de la inauguración, pero por descuido no guardé la dirección como debía, y no he podido recuperar esa preciosa imagen a pesar de que la he buscado y mucho. En ella, se mostraba la importante construcción, rodeada de un entorno casi virgen.
Imagina hace casi 100 años, donde había campo y muy pocas casas, levantar una mole de unos 80 metros de largo o más, y como mínimo unos 15 metros de ancho en el edificio principal, con su planta baja construida a la altura de un primer piso, y además otras 4 alturas, pero de las de antes, de techos altos, y dicen que además cuenta con otras 2 plantas por debajo de la que funciona como planta baja.
Se cuenta que tenía capacidad para unos 150 huéspedes a todo lujo, que, además de pasar allí fines de semana o más tiempo de vacaciones, se dejaban su dinerito en el casino, seguramente también en el restaurante, cafetería, bar, y no faltaba la música en vivo, porque el salón de baile era tan grande que en ocasiones tocaban 2 orquestas a la vez, para públicos diferentes.
Pero hablamos de la época dorada del cine, así que a ese nivel no podía faltar, y haciendo una forma de “L”, la construcción seguía hacia la calle de atrás, con otra gran cantidad de metros construidos, destinados al séptimo arte, y presumo que también se utilizaría como teatro. Jamás estuve dentro del edificio ex hotel, por lo que desconozco si estaba conectado internamente con el cine, pero la entrada principal de este, para quienes no se alojaban allí, era por la calle opuesta a la de la fachada principal del Hotel.
Y para terminar de hacer una idea del edificio, del mismo modo que visto de frente, sobre la derecha y hacia atrás estaba el cine; en el otro extremo, es decir, el izquierdo y hacia atrás, había una serie de locales que en los años 30 y 40 serían del hotel para almacenes y vaya a saber qué, pero que cuando yo comencé a ir por esa zona a mediados de los 70, en uno de ellos funcionaba un taller de motos, y siempre en la puerta había un Mustang Mach 1 que ni idea si era del mecánico, pero tenía unos años y no se lo veía muy cuidado.
Hablando de cuidado, eso es lo que no tuve un día que se me ocurrió la brillante idea de manipular mi ciclomotor para darle más potencia, y terminé rompiendo una pieza del motor, así que tuve que visitar aquel taller, y para pagar la reparación, casi tuve que dejar de comer una semana.
Es que, al terminarse las vacaciones de mis padres, ellos se habían vuelto a la ciudad, pero como regresaban los fines de semana y yo era un tío muy jovencito pero responsable, los convencí de quedarme con un amigo, como “dueño de casa”, hasta que regresaran el fin de semana. Y apenas se habían ido, me puse a hacer mecánica y me quedé a pie. Menos mal que tenía bicicleta y me habían dejado dinero para las compras de esos días, porque con eso le pagué al mecánico, y seguro cuando me vieron días después estaba más flaco, porque no quise que se enteraran de mis experimentos motociclísticos.
Pero, como es costumbre, me estoy yendo por las ramas, así que vuelvo a aquella construcción hoy casi centenaria, y que daba a 4 calles, siendo la de atrás por la que se entraba al cine, y pegado a él, estaba el corredor que mencionaba antes, hasta llegar al sitio donde estaban las cabinas. Es de suponer que en los años 30 y 40 esas instalaciones serían parte del hotel, lo mismo que otros espacios que había por allí y que se veían en desuso.
Es que aquel corredor abierto probablemente lo usarían proveedores, o empleados que no me extrañaría vivieran en habitaciones por allí abajo, y habría lavandería y tantas otras cosas que luego desaparecieron.
Como había mencionado, el edificio tenía y tiene un estilo náutico y los extremos de cada planta tienen unas enormes terrazas de uso común, porque las habitaciones, hoy pisos, se ubicaban a los lados de un pasillo central que iba de una punta a la otra, y debido a la orientación, podías ver el amanecer desde las terrazas de un extremo y la puesta de sol desde alguna del lado opuesto.
Aquellas vistas en los años 30, sin ninguna construcción cerca en kilómetros y kilómetros, deberían ser espectaculares, porque incluso hoy no existe nada cerca que moleste a la contemplación de la naturaleza hacia el este y el oeste. Pero tampoco hacia el sur, porque el edificio está frente a la playa y en paralelo a la costa, con lo que todas las habitaciones del lado sur, y hoy los pisos que ocupan esa ala, ven el mar, quedando los del lado opuesto mirando al campo, hoy poblado, pero con construcciones bajas, con lo que no ha perdido tanta magia.
Evidentemente, aquello fue pensado para un gran disfrute de su presente y futuro, porque entre el edificio y la playa solo queda por medio arena y una calle muy ancha que tiene durante casi todo el año muy poco tránsito. En verano algo más, pero continúa siendo un pueblo con muy baja densidad de población incluso en temporada alta, y para los cánones europeos, podría decirse que tienes la playa para tí.
Y en los años 70, cuando te dirigías a aquella entrada para ir por el pasillo hacia el fondo para usar el teléfono, ya en la acera te encontrabas mucha gente, en ocasiones haciendo dos filas desordenadas, y tenías que preguntar cuál era la del cine y cuál para las cabinas telefónicas.
Qué tiempos, en los que, incluso esperando turno para llamar, te lo pasabas bien, porque en las puertas del cine estaban los afiches de las películas que estaban dando o estrenarían. Y por aquellos años recuerdo que en los cristales de las puertas estaban anunciando el estreno de Mad Max, La Guerra de las Galaxias o tantas otras películas que fueron éxitos rotundos y se convirtieron en clásicos de culto.
Como decía, el cine era parte del hotel original, por lo que la arquitectura seguía su línea, siendo su frente curvo y con varias puertas. Por ellas accedías a un hall principal en el que estaban las taquillas y muchos carteles de películas.
En la semana daban de todo tipo, y los fines de semana eran las más nuevas o grandes éxitos, y la gente iba muchísimo porque era el sitio donde disfrutar de los grandes films en una gran pantalla y a todo color; recordemos que la tele era en blanco y negro, y además las grandes producciones tardaban bastante en distribuirse para la pantalla chica.
Y aquel cine tenía al menos dos particularidades que recuerde, y una de ellas no creo haberla vuelto a ver, porque en esta sala entrabas —como diría uno— “al revés”. Me refiero a que lo hacías por el sitio donde estaba la pantalla, la parte baja, y tenías que ir caminando en subida hacia el final de la sala, donde estaba la sala de proyección. Así que más te valía llegar a tiempo, porque con la película iniciada, al caminar por los pasillos, molestabas a mucha gente. Por otra parte, la sala no tenía la diferencia de altura que tienen las actuales, con lo que tenías que saber ubicarte o tener suerte de que delante no se te sentara nadie muy alto, porque te complicaba el visionado.
Pero quizá la mayor rareza que recuerde es que la sala daba al exterior por los costados, y eran todo ventanales grandes que por las noches de calor estaban totalmente abiertos. Algunos tenían una pequeña cortina de tela fina, pero al haber corriente de aire, se movían y dejaban ver todo hacia el exterior. Era una experiencia increíble, una sala llena de gente, sin móviles ni nada que distrajera, sin comida ni bebida porque allí no se vendía nada de eso, y nadie entraba con cosas de la calle.
La experiencia era de máxima oscuridad y silencio, solo roto por el haz de luz del proyector y el sonido fuerte pero de regular calidad, así que podías ver los cielos oscuros de “La Guerra de las galaxias», y al mismo tiempo mirar por las ventanas y contemplar las estrellas que tenías en el cielo sobre el cine, redondeando un ambiente mágico, que creo hoy ni pagando consigues.
Eran otros tiempos, otra vida, otro ritmo, otras complicaciones, pero necesitábamos muy poco para disfrutar y ser felices. Tiempos que no volverán, y que probablemente no sean ni mejores ni peores, pero fueron momentos únicos que marcaron la historia de una generación que ha vivido la increíble experiencia de lo analógico, y que ahora disfruta también de las posibilidades de lo digital. Sin duda, un privilegio, y hay que ser agradecido con la vida, si acaso recordando aquello de que no es rico quien más tiene, sino quien menos necesita.
Y hasta aquí la entrega de hoy; gracias por tu tiempo al leer o escuchar este episodio, y te espero en el próximo.
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