
¡Hola! ¿Qué tal, cómo estás? Soy Carlos Vitesse, y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
Que ahora mismo hace calor y mucho en España, no es ninguna novedad. Estamos en verano y “es lo que toca”, como se suele decir, y lo entiendo, pero es que lo de este año no es ni medio normal, al menos en la zona en la que vivo, y confieso que hace unos días pensé que podía convertirme en una de esas noticias desgraciadas del verano.
Si hay algo que tengo claro y asumido de toda la vida, es que el calor no es lo mío, y por encima de los 28 °C, ya “no soy persona”. También debo decir que luego de la dieta que comencé en 2019 y habiéndome quitado 50 kilos, lo llevo algo mejor. Las noches son más soportables, y durante el día el margen ha subido un pelín. Digamos que en interiores, sin aire, mi límite estaría ahora mismo en 29.5ºC.
Llegando a esta temperatura, comienza a dolerme la cabeza, y el malestar general resulta tan evidente, que además de casi no poder pensar, entro en modo ralentización; parezco medio dormido, o con una caída pronunciada en el coeficiente intelectual, a lo que se suman movimientos torpes.
Y no se trata de ser “tiquismiquis” y estar acostumbrado a tener aire acondicionado, porque lo del confort doméstico o en un ambiente laboral, en mi caso, se hizo esperar décadas, mientras el sobrepeso excesivo y continuo me acompañó desde que tengo memoria, con lo que solo alguien que ha pesado 150 kg sabe lo que se sufre normalmente, y en verano, es peor que el infierno.
Pero bueno, como decía, ya son varios años en que he estado estabilizado por debajo de los 80 kg, la cosa ha mejorado, pero de ninguna forma he superado mis problemas con el calor, que me dejan absolutamente fuera de combate, y representa una gran desventaja en la vida diaria, no importa lo que hagas o dónde lo hagas.
Ante esta realidad, hay que aprender a vivir con ello, tomando los recaudos necesarios para no buscarse problemas, y eso, en muchísimas ocasiones, condiciona actividades personales, relaciones y demás, pero a cierta altura de la vida, si desde siempre uno ha tenido en cuenta el no hacer tonterías en contra de su salud y bienestar, cuando las canas van aceleradamente en busca de ser mayoría, uno ya ni evalúa opciones o posibilidades, directamente tira por el único camino lógico, y es el priorizarse aún más, frente a cualquier cosa que ocurre a su alrededor.
Pero a veces hay imponderables, situaciones o momentos no elegidos, o quizá pensados y programados, pero que no dependen totalmente de la voluntad personal, y no se pueden controlar. Una de esas variables es el clima, y la semana pasada tenía que hacer varias gestiones. En la mayoría de los casos había descartado el llegar a los sitios en coche, básicamente por serios problemas de aparcamiento.
Fue así que algunas de esas vueltas las realicé caminando, y hubo un día en particular en que me llevé un susto, a pesar de que el trayecto de ida y vuelta era de solo unos 3,5 km.
Para una persona acostumbrada a caminar a diario, esto podría sonar incluso a chiste, porque hay gente que lo hace incluso en uno solo de los paseos diarios para sacar al perro. Pero existimos otros, que desde siempre hemos tenido una relación extraña con el ejercicio, y a eso sumamos una muy mala relación con el calor.
No tengo idea en qué va, pero mi intolerancia al calor, la falta de aire circulante y alguna otra cosilla, diría que viene “de fábrica”. Jamás vi a mi madre hacer ejercicio, ni salir a caminar. Con mi padre lo mismo, y lo mío no fue por copiar. Recuerdo que de niño, en casa nos hicimos todos socios de un club con piscina, gimnasio, canchas de tenis, basket y otros deportes. Aquello era una maravilla, pues mi padre pagó unos meses, pero ninguno de nosotros llegó a ir ni una sola vez, así que nos dimos de baja. Y que conste que la idea de hacernos socios no fue mía, y la de borrarnos tampoco.
Da un poco de vergüenza confesarlo, pero en los últimos 7 años, mi caminata anual más larga, o quizá la única más allá de los desplazamientos normales y necesarios para el día a día, ha sido el recorrido de vuelta a casa, tras dejar el coche en el taller para la revisión anual, y luego el camino opuesto para ir a buscarlo, en total algo menos de 6 kilómetros.
Pero bueno, siendo consciente de que esa actitud no era la mejor para conservar mi salud, y ante la evidencia de que salir a caminar no era una expectativa realista de hacer ejercicio diario, hace unos tres años compré una bicicleta elíptica, y también unas mancuernas pequeñas, de 3 kg. Y debo decir que en esto sí he tenido constancia, porque desde entonces, moderado, pero mantengo rutinas diarias.
También hay que decir que probablemente esto no tenga un efecto trascendente en el objetivo de mejorar sustancialmente mi salud, pero mirándome al espejo, la imagen es algo mejor que la realidad anterior al inicio de este mínimo ejercicio.
Pero bueno, me estoy yendo mucho por las ramas, así que voy a lo central, pero me pareció un buen dato previo el hecho de que la falta de costumbre de salir a caminar, obviamente, hace que cualquier recorrido pueda parecer como subir a una montaña, y así fue hace unos días, agravado por el calor.
El día en cuestión tenía pronóstico de unos 41 ºC de máxima, con sensación térmica de 44 ºC. El viaje de ida, al ser más temprano, lo llevé un poco mejor, aunque la temperatura ya era muy alta y se notaba un día excepcional, pero lo peor estaba por venir.
El sitio donde tuve que hacer la gestión tenía aire acondicionado, y aprovecho para decir que a una temperatura bastante baja, algo que también me parece un error, porque es innecesario, tanto desde el punto de vista del consumo como del bienestar térmico, y lo dice alguien que, como he mencionado, no tolera nada bien el calor.
No sabría decir a cuántos grados estábamos allí, pero era bastante menos que la que tengo puesta en el estar de casa, y que está dentro de lo que se recomienda. Pues al salir de las instalaciones en cuestión, la diferencia era brutal, y la sensación horrible.
El cambio fue de golpe, al instante y con un metro de diferencia entre el paraíso y el infierno, divididos por una puerta de vidrio automática. Y sin duda, un atentado más a la salud, debido a la diferencia excepcional agravada ese día concreto.
Un momento antes de “cambiar de aire”, nunca mejor dicho, había consultado la web del tiempo, y en ese momento la temperatura estaba en 40 ºC con sensación térmica de 43 ºC.
Comencé a caminar en dirección a casa, y faltaban algunos minutos para las 14 horas; el sol estaba muy fuerte, y antes de recorrer los primeros cien metros, ya tenía serias dudas de si conseguiría regresar por mis propios medios.
El recorrido era del tipo puro cemento, con muchos tramos largos sin un solo árbol, y además partía de una zona baja hacia una alta, es decir, bastante desnivel en el terreno, que siempre supone un esfuerzo extra.
Me di cuenta de que, a pesar de llevar una gorra blanca, no era buena idea caminar al sol sin contar al menos con una botella de agua, y antes de los 200 metros entré en un supermercado, pero, por miedo a empeorar las cosas, no quise comprar agua fría, opté por las que no estaban en la nevera, y me hice con una de medio litro que consideré suficiente para la “caminata parrillera”.
Me quedé un par de minutos dentro del super, porque tenía buena climatización, pero sin llegar a emular un congelador humano como el sitio del que venía. Fui saliendo como quien en la playa va entrando de a poco al agua porque está fría, y esta segunda vez, el cambio de aire, aunque horrible, no fue tan traumático.
Y resignado, fui avanzando y eligiendo las calles que tenían algún árbol y terreno más plano, sabiendo que solo era una solución parcial, porque en mi caso, “todos los caminos conducían a Roma”, porque mi destino sí o sí tenía calles enteras sin árboles e implicaba unas hermosas subidas, de esas en las que la gente incluso de no tanta edad suele hacer paradas para recuperar fuerzas, también en días frescos en que la energía parece rendir más.
Me impuse un ritmo relajado, pero lo suficientemente activo como para no hacer de la travesía un eterno castigo, y fui avanzando metros, tirando de golpe de vista, escaneando el terreno en tiempo real, tipo app de GPS, buscando la mejor ruta en cada momento.
El poco aire que corría estaba tan caliente que resultaba una penitencia respirar, y si había alguna posibilidad de que todo fuera a peor, se concretaba en muchas zonas de comercios, donde rugientes compresores de sus equipos de refrigeración bombardeaban a mi paso un extra de calor que hacía de aquello una experiencia desesperante.
Y es que para alguien que no tiene costumbre de salir a caminar, y con 30 ºC ya está K.O., ir andando al sol con 40 ºC y sensación térmica de 43 ºC es ya en sí mismo un pasaporte a urgencias. No obstante, seguí a paso firme, y dando tragos al agua que había adquirido en plan “apoyo psicológico”.
Algunos minutos más tarde llegó la peor parte: zona sin sombra alguna y todo en subida, hasta alcanzar lo más alto y volver a ver árboles sobrevivientes de la locura municipal local, como ocurre en todos los sitios, donde los quitan un día y al otro también en muchos casos alegando que están enfermos. Pero en demasiadas ocasiones la realidad es absolutamente otra, pero no iré por ese camino, porque es tan patético el tema, que no haría más que volver sobre un asunto que nadie reconoce, pero en el fondo del que todos somos conscientes. Es que los que deberían solucionar los problemas son en realidad los que los crean.
Hay demasiado capricho en la política, demasiado idealismo irreal, demasiado negocio y tantas otras cosas que siempre terminan en lo mismo, dinero y poder, con lo que ya no debería sorprender a nadie que las supuestas soluciones y mejoras reiteradamente están muy lejos de lo que de verdad necesita el contribuyente.
En fin, vuelvo a irme por las ramas, aunque ya me gustaría, pero son miles de árboles que he visto desaparecer de las zonas por las que transito a diario; es escandaloso, una tristeza visual, una involución inaceptable del verde y el frescor a espacios carentes de alma, templos del cemento, obras que solo se justifican para facturar, cobrar impuestos, y dejémoslo ahí…
Y mientras hacía el tramo final del recorrido, con pensamientos varios, incluso algunos del calibre que acabo de mencionar, ya veía “la luz al final del túnel”, la confianza iba en aumento, y aquel titubeo inicial de no ser capaz, e incluso plantearme si convenía probar o llamar a un taxi, fue pasando y quedó en una experiencia deshidratante, pero con final sin urgencias.
Cuando llegué a mi casa, los 30 ºC que había dentro eran como si te acariciara un helado de aquellos de agua que te compraban cuando eras niño. Y, contrariamente a lo que hubiera supuesto, transpiré menos de lo esperado, aunque probablemente la alta temperatura y el consumo de agua del cuerpo tuvieran algo que ver.
Es que soy un neófito en estas cuestiones, porque ya lo he dicho en este audio más de una vez, no tengo ninguna cultura en salir a caminar como ejercicio regular, y por eso me sorprendió aún más encontrarme a las 14 h por la calle alguna que otra madre paseando al perro con su bebé en brazos sin protección alguna, y todo esto con un sol que rajaba las piedras. La verdad que no lo entiendo, igual que alguna gente que sale a correr a esas horas. Por más entrenamiento que tenga, jamás entenderé que salgan en horarios en los que el sentido común ya te dice que no es buena idea.
También me encontré con más de un señor y señora de edad, que, o en su casa la cosa estaba peor, o ya se sabe, el cruzar palabras con algún vecino es crucial para el equilibrio emocional diario del individuo promedio, con lo que también más de uno andaba en la vuelta, o medio protegido con paraguas o el árbol que tuvieran a mano.
Y en casa seguí controlando el tema temperatura, que respecto a la real estaba más o menos igual, pero me encontré un dato que me dejó loco, y pensé que sería un error, aunque en cuestiones de webs de información meteorológica, sabemos que no hay nadie dándole a una tecla poniendo la temperatura, pero no me lo terminaba de creer.
La cuestión es que decía sensación térmica 50 ºC y eso en los 20 años que llevo viviendo en Catalunya, no lo había ni visto, ni experimentado nunca en primera persona. Salí a la terraza de casa, y a pesar de que había sombra, aquello era inhumano, imposible de respirar y mucho menos de hacer cualquier cosa a la intemperie.
Por eso lo otro que me llamó poderosamente la atención fue que, poco antes, en el recorrido de vuelta, pasé por una obra y había gente trabajando. Y dije: “Esto es un atentado contra la salud pública, es inadmisible”.
Y estoy hablando de obreros de la construcción haciendo trabajo pesado, vistiendo ropa con sus elementos de seguridad, y bajo un sol abrasador, sin una protección o árboles cerca.
Pero ya digo, en el fondo del fondo, pensé que todo era una sensación mía, una falta total de costumbre de caminar al sol con 40 ºC, y que lo de la sensación térmica de 50 ºC era un error. La cuestión es que al otro día vi una información que decía que efectivamente, en algunas zonas de Catalunya, se llegaron a registrar hasta 51 ºC de sensación térmica, lo que inmediatamente reafirmó mi pensamiento de que no es posible que se permita trabajar en esas condiciones excepcionales, en las que respirar ya era una sensación horrible, y todavía sumarle una actividad física exigente, y vestido como para cumplir una penitencia.
Se supone que tenemos protocolos para todo, y de un tiempo a esta parte, alertas con SMS si existe un peligro o amenaza real, pero con los datos de meteorología de estos días excepcionales, ¿cómo es posible que a nivel local, comarcal o lo que sea no se haya hecho, o no se haga, una comunicación alertando del altísimo riesgo para la salud que supone estar en la calle o haciendo ciertas actividades en esos momentos de temperatura extrema?
Esto debería estar implementado a nivel nacional, sin ningún tipo de improvisación, porque con la salud no se juega. Pero cada año tenemos casos de fallecimientos por golpes de calor, de personas que justamente están desempeñando su trabajo al aire libre, y en condiciones que atentan directamente contra su vida.
Es justo decir también que he leído, por ejemplo, un artículo que dice: “Barcelona y Tarragona distribuyen pulseras inteligentes para evitar golpes de calor a los operarios que trabajan en la calle”. En él, se menciona que hay ayuntamientos y empresas catalanas que reparten pulseras inteligentes al personal que opera al aire libre, o en espacios interiores sin climatización, y que permiten medir la temperatura corporal del trabajador en tiempo real, evitando golpes de calor.
En concreto, dice que el Ayuntamiento de Barcelona ha repartido 1,400 pulseras de este tipo, que emiten una alerta si el trabajador está en peligro, y dice que también la Empresa Municipal Mixta de Aguas de Tarragona ha repartido 75 de estas pulseras a trabajadores, en las áreas de abastecimiento, alcantarillado, inspección y telelectura, depuración y técnicos de campo del laboratorio, y es el cuarto verano que lo hace. Pues muy bien por ellos.
También el Consorcio de Aguas de Tarragona, como protocolo de seguridad frente a las altas temperaturas, es el segundo verano que entrega este tipo de dispositivos a muestreadores, operadores y personal de mantenimiento, y me alegro de que así sea.
Estas personas, en el caso de que su cuerpo llegue a los 37,8 ºC o que la temperatura ambiente sea de 42 ºC, reciben un aviso sonoro, luminoso y vibratorio, para que interrumpan su actividad y se pongan a resguardo.
Sin duda, esto que acabo de comentar está muy bien, pero parece que no son medidas generalizadas, y así lo manifestó claramente hace poco Elvira Gómez, para Europa Press. Elvira es una barrendera de Terrassa, que tras el fallecimiento el pasado año de Montse Aguilar, compañera de profesión en Barcelona, consiguió recoger más de 60,000 firmas en Change.org con el fin de conseguir una ley que protegiera a los trabajadores que realizan su jornada laboral al aire libre (la petición continúa abierta). Y se preguntaba: «¿Por qué en oficinas la ley dice que no se puede superar los 27 °C, pero si trabajas en la calle no hay límite?”.
Y recordaba que, si bien hay una norma que obliga a tomar medidas en alertas oficiales por calor, eso no protege a quienes trabajan normalmente al sol con altas temperaturas, si no hay una alerta concreta.
El 17 de julio de 2025, Elvira registró las firmas en el Ministerio de Trabajo y, ante esta movilización, consiguió que en Catalunya se establecieran unos nuevos protocolos, pero a nivel nacional no ha habido cambios, y lo que se busca es una ley nacional.
El tema es que desde el pasado julio no ha habido avances y desde el Ministerio la respuesta es detallar el marco normativo existente, el decreto Ley 4/2023 que prohíbe determinadas tareas si existe un aviso naranja o rojo por parte de la AEMET, pero esto ya existía antes de presentar las firmas.
Se necesita legislación clara sobre una temperatura máxima a la que se pueden hacer determinados trabajos. Es pertinente aclarar que desconozco exactamente el tipo de ley que propone quien ha presentado las firmas, y no tengo información sobre si ya existe algo nacional o local que brinde ciertas garantías, pero por lo que parece no es así. Por eso, creo que es importante conseguir lo que Elvira Gómez plantea, y desde mi punto de vista tendría que incluir tanto a trabajadores públicos como del ámbito privado, obviamente en puestos bastante concretos, por ejemplo los obreros que mencionaba antes.
Ya va siendo hora de mostrar con hechos eso de que se protege a las personas más débiles, no se deja a nadie atrás y todas esas frases baratas de políticos que nunca han transpirado una camiseta.
Quizá tú, que estás escuchando o leyendo esto, si nunca has trabajado todo el día en la calle invierno y verano, creas que ciertos gremios están muy delicados, que calor hizo siempre y que antes no se tenían tantos problemas para hacer lo necesario. Pero de eso se trata la evolución y el progreso social, de atender el bienestar de los ciudadanos, teniendo en cuenta situaciones concretas, y aplicar medidas coherentes, que, por simple sentido común, ya son necesarias.
Quizá va siendo hora de que haya un gran cambio, al menos en los meses de verano, y muchísimas tareas que se hacen bajo un sol insoportable se pasen a horas nocturnas o en horarios reducidos hasta media mañana.
Estoy cansado de ver personal reparando carreteras, calles y tantas otras cuestiones en horas absurdas para este tipo de gestiones, provocando retenciones kilométricas, un exceso de emisiones innecesarias y algún que otro accidente ante la inesperada situación.
Si vivimos en el siglo XXI y estamos en el punto que estamos con la IA, ¿de qué nos sirve, si la gente se muere porque unos burócratas no son capaces de legislar con sentido común? Igual esto es la prueba de que el paso más lógico respecto a sustituir trabajadores con IA sería aplicarlo a la clase política. No tengo dudas de que las decisiones y resoluciones irían más de acuerdo a los intereses de quienes sostienen el sistema, y no de los que viven de él.
Hay tareas que se pueden realizar por la noche, como por ejemplo en Brasil desde toda la vida, un país de eso que se denomina despectivamente tercer mundo. Pues allí tienen bien claro que ciertos trabajos necesitan de una temperatura más adecuada, muchísimo menos tráfico, y así evitar contaminar, retrasar y perjudicar de mil formas a los contribuyentes que no tienen más remedio que moverse para ganarse el pan.
Pero claro, ese esfuerzo también tiene que ser recompensado; no se puede pagar igual horario nocturno que diurno. La gente trabaja por necesidad, no por “amor al arte”, y eso de “te cambio esto por esto”, y quedamos amigos, no es razonable.
En fin, que hay mucho por hacer, y no veo a la clase política muy por la labor, porque están en lo de siempre, “en su mundo”, dedicando todo el tiempo y energía para perpetuarse en el poder, y aplicando aquello de que “el fin justifica los medios”. Pero no debería extrañarnos, porque está muy claro que no hemos aprendido nada; van pasando las generaciones, y la realidad continúa siendo la misma: “Los listos viven de los tontos, y estos de su trabajo”.
Y hasta aquí mi Bitácora Mental de hoy. Gracias por leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.
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