
¡Hola! ¿Qué tal, cómo estás? Soy Carlos Vitesse, y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
Hay cosas que no cambian ni en Semana Santa, y eso es lo que me ocurrió en los pasados días, con algo que todos detestamos bastante, el SPAM. Así que, como todo el año, por una u otra vía, varias empresas han intentado venderme algo o reconquistarme como cliente.
Y puedo entender que, por ejemplo, por su bajo coste, se utilice el email masivo como medio para intentar llegar a nuevos clientes, pero lo que me cabrea mucho es cuando esos correos vienen de empresas de las que uno tuvo que salir corriendo, porque, como poco, le estaban tomando el pelo.
Pasan los años, y no soy capaz de entender qué pasa por la cabeza de quienes dirigen compañías que sistemáticamente abusan de sus clientes, castigando a los fieles y premiando a los “infieles”.
Cuántos de nosotros hemos visto infinidad de veces que, estando dentro de una compañía, las mejores tarifas y oportunidades son para los que quieran entrar, y no para los que llevan dentro, pagando religiosamente año tras año.
Por eso desde hace muchísimo tiempo, en lo personal practico algo que seguramente no cambiará nada, pero al menos me deja tranquilo que pongo mi granito de arena para enviar un mensaje de que, -al menos conmigo-, “así no”. Y la actitud concreta es la de no volver a una empresa de la que me he tenido que ir por mala atención o precio abusivo.
Y por citar ahora mismo un par de situaciones, recuerdo mi compañía eléctrica de hace un tiempo. Llevaba años con ella, y como más o menos uno cuadraba las cuentas, no ponía la lupa en ciertos detalles. El día que hubo que apretarse el cinturón, me puse a revisar tarifas; los precios del mercado habían bajado bastante y, en la renovación de mi contrato, no solo no me habían ofrecido un mejor precio, sino que me lo habían subido aún más. En resumen, que estaba pagando el doble que lo que costaba el mismo servicio y consumo en otro sitio, así que me fui, como probablemente hayan hecho otros.
Fueron muchos años como cliente, en los que jamás tuvieron un detalle, y no se enteraron que existía, hasta que me perdieron, y allí sí les resulté importante, y comenzaron a contactarme para ofrecerme todo tipo de opciones, atenciones y tarifas, ahora sí, acordes a mis necesidades. Mi respuesta fue ignorarlos y desterrarlos de mi lista de opciones, presentes o futuras.
Y lo mismo me ocurrió con el operador telefónico que utilizaba; tuve que irme para conseguir un mejor servicio, y fue a partir de ese momento en que comenzaron lo que bien podría ser un acoso telefónico, intentando recuperarme como cliente, algo a lo que no estaba dispuesto, ni estaré en el futuro.
Y así con muchos otros servicios, en los que, pagando durante años, te suben los precios, y cuando se dan cuenta de que ya no cuela, recién allí se preocupan de ver cómo te recuperan, cuando era infinitamente más sencillo conseguir que te quedaras. Pero claro, para eso tendrían que haber sido mucho más eficientes, y cuidar debidamente de ese cliente de años..
Y reitero, no puedo entender esta forma de hacer las cosas, donde se penaliza a la persona que “te da de comer” por una larga temporada, y se le hacen todo tipo de propuestas atractivas a quien aún no han captado, y si lo hacen, puede que en poco tiempo lo pierdan, porque están todos en la misma, robándose clientes unos a otros y exprimiéndolos hasta que dicen basta.
Es que resulta increíble, por ejemplo, estar en una compañía de seguros de coches y que cada año te suban la póliza un disparate, incluso aunque no hayas dado un parte en tu vida. Y la única solución para conseguir un mejor precio sea irte a otra, pero eso si tienes la suerte de que la actual no tenga la mala leche de tenerte como rehén, al no compartir tu historial en la base de datos común a esos efectos, y que permite que la nueva compañía te haga un buen precio, cuando comprueba que tu histórico lo merece. Sin esa información, el precio que te harán es incluso peor que en la aseguradora de la que pretendes huir.
Y todo esto no es de ahora; al menos que yo recuerde, lleva así décadas. No importa sobre qué sea que hablemos, siempre ocurre lo mismo. Ser fiel por años, pagar sin chistar y no darles problemas, lejos de tener beneficios, la mayoría de las veces resulta en tu contra. Por eso reitero, mi filosofía es la de que cuando me voy de un sitio, no vuelvo, y si muchos hiciéramos lo mismo, quizá las empresas, tras un tiempo, se darían cuenta de que lo que hacen no es sostenible, porque tarde o temprano no podrán cuadrar las cuentas.
Hace ya bastante tiempo que existe una tecnología más que suficiente para catalogar perfectamente a cada cliente en el tipo de negocio que sea, y saber quién es rentable, en qué medida y quién no. Eso permite diferenciar a los usuarios al milímetro, permitiendo precios personalizados, cuidar a los buenos clientes y no abandonarlos sistemáticamente hasta comprobar que necesitan urgentemente mejorar sus resultados, y una y otra vez asistimos a las permanentes guerras de precios con la competencia, en las que muchos justos pagan por pecadores.
Y no puedo terminar este episodio sin recordar un caso más de los que me llevaron a dejar un servicio, y que representa ese manejo “tonto” del que hablo. Llevaba años pagando por algo que no estaba usando, es decir, el beneficio que le daba a la empresa era del 100%, pero no se les ocurrió mejor idea que subirme la tarifa; les dije que me iba, y me fui. Ahora llevan dos años semana a semana intentando que vuelva. No tengo pensado hacerlo, y la realidad es que lo que pretendían ganar con el aumento, lo han perdido mil veces en el tiempo que ya no soy cliente.
Tienen la tecnología que usan para otras cosas y perfectamente podrían haber chequeado datos, comprobar que no utilizaba el servicio y subirme el precio sin hacer diferencia alguna con otros; iba a ser un gesto antipático, sobre todo cuando lo que ofreces no es de primera necesidad ni mucho menos.
Ya lo dice el dicho: “La avaricia rompe el saco”, y creo que, como están las cosas en estos tiempos, hay que hilar muy fino porque las suscripciones están por todos lados, pero el bolsillo de la gente es limitado, porque el día a día necesita de algo más que caprichos. Por eso creo que más pronto que tarde, y como lo he mencionado en algún otro audio, incluso lo que se consume en un restaurante de acuerdo al día, la hora y más parámetros, tendrá que cambiar.
Hay que saber tirar de inteligencia, pero también de la humana, esa que permite razonar un poco, apartándose de simples prompts que dan soluciones matemáticas, porque cuando se trata de dinero, no todos los caminos conducen a Roma.
Y hasta aquí lo que quería compartir contigo hoy. Gracias por tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.
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