¡Hola! ¿Qué tal, cómo estás? Soy Carlos Vitesse, y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
La tecnología lleva décadas dándonos un confort —previo desembolso económico, obviamente— que nos libera en muchos casos de tareas que en otros tiempos llevaban mucho tiempo, esfuerzo, y también contar con lo necesario para poder llevarlo a cabo, porque se dependía en muchas ocasiones de la naturaleza.
Un caso concreto podría ser el lavado de la ropa. Y no pretendo remontarme a esa narrativa histórica que aún vemos en películas y documentales, con mujeres que iban a los ríos, arroyos o algún sitio similar para conseguir lavar las prendas. Pero es interesante al menos rescatar algunos datos sobre cómo comenzó lo del lavado que hoy conocemos.
Allá por 1797, un señor estadounidense de nombre Nathaniel Briggs patentó una máquina que lavaba la ropa con intervención humana. Diríamos que era con tracción a sangre, porque se ponía el agua, el jabón y había que mover el mecanismo para conseguir agitar las prendas y que desprendieran la suciedad.
En 1851, James King consiguió mejorar el asunto con una máquina que tenía un tambor giratorio, pero también necesitaba ayuda humana.
Para llegar a la primera lavadora eléctrica, tenemos que ir hasta 1908, cuando un ingeniero estadounidense de nombre Alva J. Fisher y bajo la marca Hurley Machine Company, creó el modelo “Thor”, que fue patentado en 1910. Esta máquina tenía motor eléctrico, y hacía que girara el tambor de forma automática, dejando atrás la era de la fuerza humana para conseguir ejecutar el proceso de lavado.
Pasaron algunos años, y en 1937 se dio un paso muy importante, porque Bendix Corporation sacó al mercado su máquina lavadora, que con un temporizador automático permitía lavar, enjuagar y centrifugar las prendas sin intervención humana. Eso sí, tenía que estar bien sujeta al suelo porque parece que se sacudía bastante, algo que parece no haber cambiado casi un siglo después.
En los años 50, este electrodoméstico ganó mucha popularidad, y fue llegando a muchos hogares, incluso españoles, a través de marcas como Balay. Y, como siempre, supongo que los precios serían altos, como toda tecnología nueva que va abriendo mercado.
A mediados de los 60 se generalizaron en Europa las primeras lavadoras que hacían todo el ciclo de forma automática, y por aquel entonces, no vivía en el primer mundo. En casa, y a finales de esa década, la primera máquina que recuerdo fue una General Electric muy simple, que tenía una forma similar a la de un bidón de acero de 200 litros, abierto por la parte de arriba, por donde se cargaba la ropa, y luego se le ponía una tapa redonda que ajustaba con una goma, simplemente por presión.
Dentro estaba el tanque para la ropa y un mecanismo con paletas que se movían gracias a un motor eléctrico, que estaba debajo, al que podías acceder fácilmente tumbando la lavadora.
El funcionamiento era muy sencillo: encendido, apagado y poco más. Y para dar una idea más precisa, la imagen que encabeza este texto es de una máquina como la que tuvimos en casa en mi niñez. Y en un costado se ve una estructura adosada, que tenía un par de rodillos a través de los que pasabas la ropa y, al apretarla, le quitabas un poco del agua que tenía impregnada. Recuerdo haber jugado con eso, pero secar, secar, no secaba, y era una forma bastante primitiva y bruta de quitar el exceso de agua, maltrato a los tejidos.
Hablando de agua, la carga era manual desde un grifo con una manguera y hasta que vieras que estaba a tu gusto. La salida se hacía accionando una palanca que encendía una bomba eléctrica, y el agua sucia salía por una manguera flexible que estaba sujeta al cuerpo de la máquina; la soltabas y la ponías en el suelo, un desagüe o donde fuera.
La máquina tenía ruedas y podías acercarla a un grifo para cargar, o lo mismo a una pileta o desagüe para desagotar. En resumen, muy básica, de acuerdo también a las posibilidades económicas de quien la utilizaba.
En los años 70 recuerdo que mis padres consiguieron una más moderna, de fines de los 60. También era de carga superior y su procedencia americana, pero de gama alta. Esta ya contaba con varios programas de lavado, posibilidad de agua caliente y una calidad superior, con lo que nos duró muchos años.
Mi padre las compraba en una tienda que se dedicaba a reparar este tipo de equipos, y no recuerdo si las importaban usadas para tener un precio competitivo, o eran simplemente de segunda mano, provenientes de los pocos compradores locales que se las podían permitir. Porque aquello nuevo en los 60 y 70 sí que costaría una pasta, y al menos por donde vivía, la gente no tenía fácil acceso al crédito.
Con el tiempo, fueron pasando por casa otro tipo de lavadoras más modernas, y también a nivel personal, cuando tuve mi propio hogar, solucionaba el tema lavado con un modelo muy pequeño y famoso, que para una persona o dos, iba genial.
Y siempre he vivido en casas o pisos en los que tuve la posibilidad de lavar y tender en el mismo sitio, salvo en un par de ocasiones que tendía en el baño, pero se secaba rápido. Por tanto, hasta la semana pasada, nunca había tenido que recurrir a un lavadero, pero soy consciente de que a mucha gente no le queda más remedio. Y no solo por el hecho de que pueda vivir en un sitio que por sus características constructivas no tenga espacio para la colada, es que muchas veces dependemos de leyes o reglamentaciones locales.
Me comentaba hace un tiempo mi mujer que una excompañera de trabajo que estuvo viviendo en Suiza le decía que en su edificio no estaban permitidas las lavadoras individuales dentro de los pisos. El lavado de ropa había que hacerlo en planta baja, en una zona habilitada y equipada específicamente como lavandería común, y cada vecino tenía asignado solo un día concreto de la semana, en que tenía permitido usar esas instalaciones.
También sé que algo parecido ocurre en otros edificios y otros países, con lo que seguramente de una u otra forma, muchas personas en algún momento de su vida habrán tenido que acudir a uno de estos negocios, y en mi caso ocurrió hace unos días.
Es que, en casa, teníamos un edredón tamaño king size, cuyos mejores tiempos han quedado en el pasado, y como con tantas otras cosas, mientras algo da el servicio, me resisto a deshacerme de él, así que mi mujer dijo que era hora de hacerle una limpieza, que no era la primera, pero sí de la forma que se iba a hacer, probando un lavadero automático de mi barrio, que se instaló hace poco.
Fuimos entonces hasta allí una mañana de este verano con récords de calor, y dentro parecía más una sauna que un lavadero. Por otra parte, lógico, en un local cerrado con varias máquinas y sin aire acondicionado, no se podría esperar ninguna sensación cercana al fresco del invierno.
Una vez dentro, lo recorrimos y no había ningún cliente, pero tampoco empleados o dueños a la vista. Es del tipo autoservicio, forma evidente de bajar costes, igual que haber apelado a un par de ventiladores de techo como maquillaje climatizador de las instalaciones.
Vimos varias máquinas lavadoras, también secadoras, y una sección con máquinas para lavado de mascotas, también una sección de recepción de paquetería y algún otro artilugio que ni sé qué era ni cómo funcionaba, pero luego del reconocimiento visual del terreno, nos dirigimos a la parte que nos interesaba.
Como buen debutante sexagenario, le di una leída a las instrucciones de la máquina y al procedimiento general del uso de equipos y forma de pago y, tras los pasos necesarios y el pertinente desembolso mediante tarjeta de crédito, luego de algunos minutos el edredón ya no parecía el nuestro. Y para redondear la transformación, le dimos una pasantía en la secadora, con lo que hay que decir que el resultado fue bastante bueno.
El coste del lavado, 4,50 euros en una máquina para hasta 8 kg de ropa, y luego 3,50 euros el secado. Es decir, 8 euritos. Y entre los dos procesos, calculo que habrán sido unos 40 minutos, un tiempo en el que no hubo otros clientes de lavado ni secado.
Una de las cosas que no sabía es que las máquinas automáticamente ponen el jabón necesario para el lavado, y desconozco si suavizante. Y a la hora del centrifugado, de alguna forma me sentí como en casa, porque a pesar de que solo habíamos puesto el edredón, el equipo comenzó a zarandearse, contagiando a las máquinas de al lado, con unas vibraciones que pensé que a nivel comercial estaban técnicamente superadas.
Es que el sistema de carga frontal y la forma en que lavan las máquinas que usamos desde hace años, creo que es antinatural. Será mejor desde el punto de vista de ahorro de agua y como negocio, pero el descentrado del tambor por el peso de la ropa y el desgaste general de la maquinaria, considero que es bastante mayor al de un equipo de carga superior, como las lavadoras viejas. Pero esas se hacían para durar, y hay todavía quien tiene alguna funcionando con décadas, mientras las de ahora, si te dura 5 años, tienes que estar contento y si llegas a 10, igual entras en el libro Guinness de los Récords.
Bien… Fuera ya del local y camino a casa, comentábamos con mi mujer lo visto. Las máquinas, las instalaciones, lo que costaría, lo que podría facturar, etc. Y qué casualidad, —como suele suceder— luego en una red social me apareció un hilo, de alguien que vende negocios, y justo había hecho varias publicaciones donde dice más o menos lo que cuesta montar un lavadero normal, unos 80,000 euros. Que tienes que contar con un 25% más o menos de capital propio, y el resto te lo puede financiar un banco. Y además explica cuáles son las claves para instalarlo, elegir el sitio, el local, lo que puede facturar, cuáles son los gastos y otra serie de detalles que pueden ser de interés para quien esté pensando en montar algo del estilo, así que te dejo un enlace al hilo por si acaso.
En fin, que como tantas otras cosas, puede que para ti lo que te he contado sea lo más normal de tu día a día, pero en mi caso resultó una experiencia nueva, y me trajo a la mente aquello de que no importa la edad, porque “muriendo y aprendiendo”.
Y hasta aquí mi Bitácora Mental de hoy. Gracias por leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.
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