
Hola, ¿Qué tal, cómo estás? Soy Carlos Vitesse, y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
Más o menos en éstas fechas, cada año don verano hace su aparición en escena. En 2025 ha entrado a las 04:42 AM de ayer, sábado 21 de junio, y al menos “en los papeles”, su presencia se extenderá durante 93 días y 16 horas, hasta que el 22 de septiembre, momento en que llegará su relevo, otro viejo conocido, el otoño.
Y del mismo modo que el ciclo se cumple desde tiempos en los que ni estábamos sobre este planeta, en mortales como el que está hablando ahora mismo, también es recurrente que con la subida de las temperaturas, los procesos mentales se ralenticen, como si fuera un oso dispuesto a hibernar.
Sinceramente, no sé bien a qué se debe, pero desde que tengo memoria, nunca me he llevado bien con el calor. Durante gran parte de mi vida, estuve convencido de que todo obedecía a un sobrepeso excesivo, y que de allí partían todos los males. Pero la hipótesis fue fallida, porque durante los períodos excepcionales en los que conseguí corregir ese problema, o incluso desde hace seis años en que a través de un cambio radical, mi nueva normalidad es no tener sobrepeso, he comprobado que el calor, me resulta un enemigo muy duro.
Y otro factor que no ha hecho variar las cosas -al menos de momento-, es la edad. Puede que ahora mismo lo lleve con una mínima diferencia en positivo, pero es tan inapreciable, que no tiene casi sentido hacer hincapié en ella.
Recuerdo sí, que con unos cuantos años menos, trabajando en verano y dependiendo de la actividad concreta en cada momento, notaba un malestar creciente al ritmo de la subida de la temperatura, haciendo que fuera más irritable, pero sobre todo dejándome KO, como si el clima me diera un golpe en toda la cara, al estilo de Mike Tyson, en las épocas en que la gente pagaba la entrada para verlo desde la platea, y a los pocos segundos de comenzar el primer round, ya había finalizado el combate.
Y dicho así, todavía podría parecer que ejerciendo una actividad más sedentaria, podría de alguna forma “estar a salvo”. Pero ahí radica el problema, porque incluso en tareas de oficina, donde no había aire acondicionado, tirando de ventilador, la suerte era la misma.
Me recuerdo en jornadas laborales, varios minutos hipnotizado por la leve brisa de alguno de esos electrodomésticos, y actuando como el perezoso, -sin serlo-, involuntariamente imitando a la perfección la forma de moverse de ese animal, permaneciendo inmóvil durante largos ratos, o moviéndome a su exasperante velocidad, como si mi vida pasara en cámara superlenta, mientras alrededor todo parecía normal.
Y seguramente, tú que me estás escuchando, pensarás, “calor, tenemos todos”, o incluso que lo de afectarnos también le ocurre a todo mortal, pero es que mi umbral de tolerancia es demasiado bajo, o al menos eso considero yo. Se supone que uno, con el tiempo, se adapta al sitio en el que vive. A más o menos frío, calor, humedad, etc., pero después de 20 años de veranos, con demasiados días “andaluces”, a pesar de estar siempre en la provincia de Barcelona, no he visto cambio. A partir de los 28ºC, “no soy persona”, y es algo muy molesto.
Hay quienes tienen problemas por la tensión baja, pero incluso cuando la tenía por las nubes, con una alimentación que pretendía hacerla subir hasta la estratosfera, los síntomas eran los mismos. Una sensación de que todo entra en cámara lenta, e hilar dos frases seguidas, me representan la misma dificultad, como aquella a la que se enfrenta un niño muerto de sueño, al que se le pide que ponga atención.
Y a esta altura estarás pensando, “vaya tontería que me estás contando, espero que tengas algo interesante que decir, porque se te termina el episodio”. Pues… ¿Y si te digo la mítica frase de Buggs Bunny? “Esto es todo amigos”, seguro que se confirman tus peores presagios. Y por eso te lo cuento, porque este discurso cantinflesco tiene un motivo, y sobre todo sentido, que es el de prevenirte, de que de aquí a septiembre, las publicaciones de este pódcast -en frecuencia y contenido-, pueden ser tan aleatorias, como que te toque la primitiva.
Por eso, -aunque no digo que vaya a ocurrir-, y por si acaso, incluso con el bienestar que aporta en determinados momentos un aire acondicionado, las neuronas deciden no hacer horas extras, y cumplir a rajatabla con lo mínimo indispensable y necesario… ¡Feliz verano! Porque, ya lo dice el dicho: “el que avisa, no es traidor”.
Y hasta aquí la entrega de hoy de Bitácora Mental. Gracias por tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.
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