No soy de los convencidos en “cuerpo y alma”, de que la frase “todo tiempo pasado fue mejor”, representa una verdad indiscutible; porque solo basta haber vivido lo suficiente, para saber que no es así.
Lo que si puedo afirmar, -igual que cualquiera que como mínimo peine canas-, es que no hace tanto, éramos bastante mas críticos con las cosas. Construíamos opiniones basadas en la realidad, y no comprábamos discursos como quien mete cosas en el carro del supermercado, leyendo la lista de la compra, hecha por otro.

Los que pasamos del logaritmo al algoritmo, hicimos una transición tecnológica -y en mas aspectos- que nos ha permitido adaptarnos y aprender mucho, a la vez que prevenirnos de varias cuestiones. Entre ellas, de la tontería de ir hacia donde sopla el viento mas fuerte, porque es lo mas fácil. El miedo a no pertenecer o carecer de etiqueta, es algo que en décadas anteriores te podía ocurrir durante algunos años de inmadurez, o búsqueda de las bases firmes de la personalidad. Pero ahora mismo, es como el móvil, te acompaña día y noche y la gente no es capaz de vivir sin el, o sin la tranquilidad de saberse asociado a una etiqueta, un bando, una ideología, o lo que sea necesario para posicionarse incluso radicalmente, como forma de expresión diaria y permanente en contacto con el mundo, al punto de opinar, predicar, e incluso pretender convencer, allí donde nadie les ha llamado.
La que si es bastante común de un tiempo a esta parte -como antes mencionaba-, es el hecho de comprar discursos, y convencerse de lo que diga el mesías de turno: gurú tecnológico, influencer con pies de barro, político indocumentado, o vende humos de la mas baja calaña.
Cada uno de esos pastores virtuales del siglo XXI tiene sus armas, y un solo objetivo; someter al resto según propias necesidades, sobre todo económicas. Y eso conlleva montar el discurso -o show- necesario para la supervivencia de los medios, que llevan al fin, en una situación típica de las que: “el fin justifica los medios”.
Y así tenemos el nacimiento de verdades o medio verdades interesadas, discursos reveladores, supuestas innovaciones mas que discutibles, el eslogan de turno que vende la superioridad moral, o el informe de expertos inexistentes que justifica lo injustificable. Los caminos pueden ser diversos, y aunque los hay puros y buenos, también están los jardines contaminados, que oportunamente son los que atraen a mas gente, porque es mas fácil seguir rutas, que crearlas.
El informarse adecuadamente, pensar, reflexionar, tener ideas propias, y ser crítico con quien pretenda convencer sin argumentos, -basándose en pura psicología de venta y polarización-, es una actitud de vida en aparente vía de extinción. Es mas fácil consumir que crear, acatar que cuestionar, y por eso entre otras cosas, se compra -literalmente- y sin rechistar, desde ideas, hasta cualquier producto.
Y hablando de productos, me hace gracia como se promocionan alguna cosas, como si la sostenibilidad, la ecología y tantas otras cuestiones a las que se apela para convencer e incitar a las masas para que compren algo que igual no necesitan, o no es lo que se promete, fuera todo un asunto propiedad exclusiva de estos días. Como si todo lo anterior fuera malo, y la única vía de salvar el planeta o tu propia vida, dependiera de usar o tener eso que te quieren vender. Obviamente valiéndose de un discurso bien estudiado, muchas veces con un guion escrito con el arte de un mago, que mientras consigue centrar tu atención en una supuesta verdad, la verdadera realidad está ocurriendo fuera del foco de tu vista.
El problema con todo esto es que la media verdad, la verdad con matices, o incluso la mentira, valiéndose de un discurso machacón o los aderezos necesarios para hacerla irresistible, terminan calando. Y la pereza mental, sumada a la resignación ovina de seguir al pastor de turno sin cuestionamientos, nos lleva al convencimiento de que los de ahí fuera solo quieren lo mejor para nosotros, y saben lo que necesitamos, incluso mejor que nosotros mismos.
No somos ya capaces de cuestionar prácticamente nada, que sea inconveniente para las voces que proponen y disponen sobre nuestras vidas. Todo nos parece bien, y las voces -como mucho-, para disimular la manipulación en algunos aspectos de nuestras vidas, crean o tiran de los polos opuestos, porque ya sabe… “divide y reinarás”.
Y así vamos hoy, abducidos por pantallas donde nos cuentan una única realidad, metiéndonos el miedo necesario para no osar desconectarnos de ella, porque podríamos perdernos algo tan valioso que podría cuestionar nuestra propia existencia. O peor aún, la pertenencia a algo, la etiqueta, o aquello de lo que se sirva aquel que desde el otro lado del “chupete electrónico” hurga en nuestras vidas, alimentándolas con alegrías, tristezas, o lo que haga falta para seguir viviendo del cuento, aunque tenga su parte de verdad.
Y ahora mismo es increíble lo que consiguen vendernos, pero sobre todo convencernos de que es lo mejor creado jamás, y bla bla bla. Eso nos ha llenado de plásticos, baterías, y tantos otros aparatos que poco tienen de ecológicos, y sostenibles. Basta con dejar pasar dos, tres o cuatro años, para comprobar que la mayoría no son reciclables, y peor aun, tienen fecha de caducidad. Una obsolescencia programadas con un descaro propio de la avaricia, el desprecio no solo hacia el consumidor sino también al planeta, y un insulto a la inteligencia, intentando convencernos de que se defiende algo que en realidad se está atacando, en vez de respetar. Es que el cortoplacismo y la creencia en una vida eterna gracias al poder basado en el vil metal, siempre ha tirado mucho, pero parece que ahora, mas que nunca.
Ya no se lleva vender calidad, y generar riqueza a partir de la reputación bien ganada, construida en base a la excelencia. Son tiempos de atajos, de la vía rápida y el resultado explosivo, antes de que algún despistado -sin buscarlo-, se de cuenta de que podría existir un engaño.
Y pensando en sostenibilidad, ecología, y todas esas cosas, te preguntaría ¿Cuántos aparatos de todo tipo has comprado en los últimos años para lo mismo? Cosas que se han estropeado, o han dejado de funcionar y has tenido que reemplazarlas porque ya no te daban el servicio correctamente. Seguramente muchas… y todos esos productos han formado parte del discurso de ser los mas ecológicos, sostenibles y toda esa larga lista de virtudes irresistibles que te han llevado a pagar por ellos, y ser feliz por haber hecho lo correcto. Lo mejor para ti, tu economía, y evidentemente nuestro planeta.
Y ante momentos como ese, es que me viene a la mente el recuerdo de cosas que todavía tenemos en casa, cosas que compramos hace décadas. Como en nuestra faceta de estudiantes, en la que los argumentos de venta, solían tener una base algo mas firme que las de ahora.
Y por ejemplo, me gustaría citar una calculadora científica de mi mujer, una TEXAS INSTRUMENTS modelo TI-35 SLR comprada en 1984 cuya imagen de hoy mismo puedes ver al inicio de este texto, y aquí abajo en su parte trasera.

Un muestra simple de la tecnología de antes, que también tenía de alguna forma su propia -aunque precaria- inteligencia artificial, porque con los comandos adecuados, y haciendo un paralelismo con los Prompt de hoy, te daba resultados a esos cálculos complejos que como estudiante a cierta altura de tu vida, te exigían saber. Un pedazo de tecnología que en casa se usa a diario -aclaro junto con el móvil y otras cosas-, y con signos evidentes de cuarenta años dando servicio, sin que sus materiales se hayan deteriorado afectando su funcionamiento, o la obsolescencia programada la haya jubilado prematuramente. Y es que ni siquiera lleva pilas, es solar, y te resuelve operaciones matemáticas, que seguramente la mayoría de la gente de hoy no sería capaz de llevar a cabo con lápiz y papel, por falta de práctica o directamente por desconocimiento, (que siendo sinceros, siempre ha ocurrido).
Es que la comodidad y la dependencia de la tecnología, -incluso a nivel estudiantil-, no comenzó hace cuatro días, eso está claro, y confieso que: seno, coseno, factorial, logaritmo, y tantas otras cosas, hoy me suenan a idioma de otro planeta. Pero mas allá de todo eso, quiero centrarme en el valor de las cosas que se hacían antes, muchas de las cuales, décadas después siguen cumpliendo su función. Y volviendo al discurso de estos tiempos… ¿Qué puede ser mas económico, ecológico y sostenible, que poder usar algo durante cuarenta años, sin siquiera tener que ponerle pilas?
¿Dónde está la verdad verdadera a la hora de producir tecnología, o lo que sea?
Y como la calculadora que menciono, tantas otras cosas. En casa sigue habiendo un walkman que ha venido utilizándose para escuchar radio, desde hace décadas hasta ahora. No importa si hay corte de luz como hace un par de días, y el móvil estaba sin batería, ni forma para cargarlo. No importa estar sin internet, ese cacharro de casete lleva treinta años dando guerra, mientras han sido innumerables los dispositivos que he tirado a la basura en poco tiempo. Entre ellos algún mp3, que terminó hinchado por el mal estado de la batería, o problemas de otro tipo. Y mas de lo mismo por ejemplo con cámaras de fotos… Tengo varias que usan batería y ya no funcionan, pero también tengo de las que van a pilas, y con alguna de ellas con veinticinco años de antigüedad, podría ahora mismo sacarla del cajón, y hacerme un “selfie” al viejo estilo. Y eso sin hablar de la de carrete, que sigue esperándome desde aquel día en que le prometí no olvidarla y volver (lo haré), seducido temporalmente por los megapixels y su inmediatez.
También ocurre con los coches, y debería darnos vergüenza ajena, ver como mas de uno con décadas de uso, y haber sido sometidos involuntariamente a las pruebas propias de un submarino en garajes de Valencia, tras vaciarse de agua, verlos salir por sus propios medios cubiertos de barro, ronroneado orgullosos. Mientras muchos otros con 40 cm de agua, ya corren riesgo de ser declarados siniestro total, convirtiéndose en chatarra de las mas contaminante. Y no estoy en contra de la tecnología y el progreso, en absoluto! solo soy crítico con la forma en que se utiliza y manipula, sirviéndose de ella para hacerla llegar de la forma mas conveniente y rentable para el fabricante, con el perjuicio que eso pueda significar para el usuario final y el medio ambiente, al que supuestamente se mima.
Y reitero mi convencimiento de que “no todo tiempo pasado fue mejor”, pero está claro que nuestro nivel de exigencia ha bajado muchísimo. Ahora nos convencen como a niños, con “juguetes” que nos dan y nos quitan a su antojo. Nos hemos convertido en simples usuarios caprichosos, con ínfulas de adultos de moral sin discusión, pero sin espíritu crítico, y mas preocupados por el ser a partir del tener, que del saber, para poder ser.
Y hasta aquí la entrega de hoy de Bitácora Mental, muchas gracias por tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.
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