
Estaba leyendo un artículo publicado hace unos días, y la cosa iba de influencers y ese mundillo aspiracional, que ocupa, y agregaría “destroza”, la mente de más de una generación.
El caso es que, si hasta hace cuatro días, la mentira se circunscribía a mostrar solo lo bueno, o aquello que impactaba y transmitía un perfil exitoso, feliz, adinerado, y todo lo que desde fuera pudiera ser apetecible o profundamente deseable para algunos en esta vida; de un tiempo a esta parte, el “cóctel explosivo” del postureo cuenta con un nuevo ingrediente que lo cambia todo: la inteligencia artificial.
Esta herramienta dispara los límites en todo sentido, haciendo posible y “real” hasta lo más descabellado, siendo un arma “creativa” casi ilimitada para los más listos. Una suerte de democratización del oficio de comunicar, enseñar o directamente entretener, y tener la posibilidad de generar ingresos, a un coste relativamente bajo.
Siempre habrá quien publique vídeos de gatitos simpáticos haciendo cosas imposibles por “amor al arte”, y con la recompensa de algún me gusta, o un sincero comentario de felicitación. Pero con la IA, se abre el mercado a nuevos jugadores, incluso aquellos con menores recursos, con lo que la competencia se vuelve feroz.
Y por eso creo que hemos entrado en una nueva era, en la que lo real, esa autenticidad que hace décadas se presuponía en todo lo que veíamos y escuchábamos, se va perdiendo rápidamente, y cada vez irá a menos.
En el mundo actual, optimizar no es una opción; queremos hacer todo en el menor tiempo, con el mejor resultado y al menor coste. Por eso, creo que estamos condenados a sucumbir a la tecnología. Pero hablemos de podcast…
Es probable que pienses que los contenidos en audio o vídeo, íntegramente realizados con inteligencia artificial, no sean lo mismo, y que no tendrán aceptación. Pues me temo que solo es cuestión de tiempo y perfeccionamiento tecnológico; irá llegando y conquistando a las masas. Creo que más pronto que tarde, quienes se pongan de cuerpo presente frente al micrófono o a una cámara de vídeo con intención de algo más que solo pasar el rato, serán una rareza.
Y digo todo esto, basándome en lo que se ve a diario, pero sobre todo en cómo hemos evolucionado las últimas décadas, por ejemplo, en el terreno de la música. Hoy todo es un ultraprocesado tecnológico, en el que el ser humano viene siendo sustituido tanto en la ejecución, interpretación y, últimamente, también en su creación.
Ya casi no hay instrumentos “físicos” que suenen en las canciones; todo es sintetizado o de bibliotecas digitales. Tampoco las voces son reales y limpias; todas llevan complejos tratamientos vía software, potenciando el producto, o directamente disimulando carencias, por ejemplo a través del autotune. Pero en cualquiera de los casos, no nos llama la atención; son parte de nuestro presente y no lo cuestionamos, o quizá solo lo hacen aquellos de mayor edad, porque tenemos referencias y vivencias de otro tipo. El público en general lo acepta y consume, porque es con lo que ha crecido, y forma parte de su experiencia vital.
Por eso, veo inevitable que la creación de contenido se vuelva algo tan automatizado como virtual e irreal. El progreso es inevitable, con lo bueno y con lo malo, y nadie quiere quedarse atrás si algo puede hacerse antes, más barato y, de alguna forma, mejor. ¿Quién va a querer ser el último de la fila, solo para golpearse el pecho, diciendo que su forma de hacer las cosas “es la buena”?
Pronto no será descabellado pensar en producciones para la pequeña o gran pantalla, en las que actores y locaciones sean totalmente sustituidos por la inteligencia artificial. Y ya sé que me dirás: “Lo tienen previsto, se están protegiendo a través de sus sindicatos, para que no les clonen la imagen, la voz, etcétera”. No seamos ingenuos: en un mundo en el que se mueven cantidades de dinero inimaginables, los ídolos, referentes, o quien sea, hoy se pueden crear en minutos, y en el mismo tiempo “enterrar” a quien se quiera.
Pero toda esta tecnología, que beneficiará a las grandes compañías permitiéndoles ahorrar costes, al estar al alcance de cada vez más gente que podría convertirse en nuevos proveedores, les abrirá un nuevo frente, quizá incluso peligroso para su negocio. ¿Por qué deberíamos pagar las suscripciones actuales a esos gigantes del entretenimiento que fueron los únicos capaces hasta ahora, si alguien nos da lo mismo y más barato o incluso gratis, pero con anuncios?
No es lo mismo necesitar 300 millones de euros para llevar una película a la pantalla, con actores reales, cientos de extras y todo el movimiento que eso implica, desde desplazamientos, locaciones y mil detalles más, que hacer todo el proceso en un ordenador. Sin duda, los costes no tienen nada que ver y por eso no es ciencia ficción; ocurrirá en algún momento, aunque hoy lo veamos lejos o imposible. Incluso se abre la puerta a que cada consumidor final, en unos cuantos años, sea capaz de generar lo que quiere consumir, y no necesite suscribirse a ningún servicio de streaming, de los que hoy conocemos.
Pero cerrando ya todo esto, y si desde tu óptica no existe posibilidad de que la IA sustituya íntegramente al ser humano en la creación de contenidos, del tipo que acabo de comentar, o cualquier otro, con el argumento de que el consumidor quiere cosas reales, me temo que eso está cambiando muy rápidamente.
¿Y por qué digo esto? Porque a diario se puede comprobar que ya casi ni cuestionamos ni nos interesa lo real; vivimos de fantasía, idealismo, ideología, utopías o el influencer de turno, real o virtual, que hace de pastor de la manada. Y es que no se puede tener mucha esperanza cuando uno ve ciertas cosas en redes sociales, como lo que se cuenta en un artículo que leí hace unos días sobre una cuenta de Instagram que lleva todo a un nivel superior de fantasía.
Se trata de Valeria y Camila, unas gemelas siamesas que, como tantos otros influencers, comparten su estilo de vida, moda, estado físico y todas esas cuestiones, buscando la atención de un público deseoso de consumir contenidos, en relación a un mundo perfecto y soñado.
Al momento de grabar este episodio, la cuenta en cuestión tiene unos tres meses de antigüedad y se acerca ya a los 400.000 seguidores. Hasta ahí, más allá del éxito, podría no haber nada que nos llamara la atención, pero el tema es que todo es una creación de inteligencia artificial, y no son dos chicas de las tantas creadas por IA, que ya pueblan internet, y lo verás.
Llegados a este punto, todavía hay más; resulta que hay personas que siguen a esa cuenta, parecen no haberse enterado e interactúan como si fueran reales. A veces no me queda claro si es que la gente ya no sabe o no quiere saber, pero si no conocías el caso, te invito a que le des una mirada al perfil y, luego de ver algunas fotos, me digas si hay esperanza, y si crees posible que dentro de un tiempo, salvo algún entusiasta amateur, todavía quedará alguien “real” sentado físicamente frente al micrófono o grabando un vídeo, de cuerpo presente.
Como dije, nos vamos acostumbrando a todo… La línea que divide realidad de fantasía es cada vez más difusa, sin que, por lo visto, parezca importante diferenciar ambos mundos. Estamos cada vez más inmersos en lo virtual, y el negocio es tan brillante, que me temo será harto complicado sobrevivir en un mundo analógico, cuando al consumidor de contenidos parece darle lo mismo cantidad o calidad, realidad o fantasía; y solo quiere deglutir archivos digitales que lo mantengan entretenido, y no le hagan pensar.
Y esto es lo que quería compartir contigo hoy en mi Bitácora Mental. Gracias por tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.
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