245- Atención al cliente

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Hola, ¿qué tal, cómo estás? Soy Carlos Vitesse, y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.

Estaba escuchando el último episodio del podcast «Frente al cliente», de Jose el camarero, en el que participó como invitado el Sr. Mancuentro, y pensé en enviarle un audio para comentarle algo. Pero recordé que en las dos semanas anteriores, en las que estuvieron respectivamente Mar Monsoriu y Jorge Marín Nieto, también me quedé con ganas de compartir un par de pensamientos sobre los temas que estaban tratando. Me di cuenta entonces que iba a ser muy largo, y que lo mejor sería grabar un episodio de ésta Bitácora, así que, aquí estoy haciéndolo, y aprovecho para enviarles un saludo a todas las personas que acabo de mencionar.

Antes de continuar, te dejo enlaces a cada uno de esos tres episodios, así que, si no conoces el podcast o no has escuchado esos audios, te lo pongo fácil.

En la peluquería con Jorge Marín (Eove) https://pod.link/1494751111/episode/7996c1a3809bfef0b62a26213866087e

La IA en las cartas dinámicas con Mar Monsoriu https://pod.link/1494751111/episode/0da958285c083f8f285a726b03da476c

Palomitas con Mancuentro https://pod.link/1494751111/episode/1f40471b4535c63bfff8fc09e0996893

Bien, voy cronológicamente. En primer lugar, el programa con Jorge Marín. En él, se trataron varios temas, pero me interesaba hablar especialmente de los horarios. Sabemos que en Madrid hay una libertad que por ejemplo no tenemos en Catalunya, y como todo en la vida, cada cosa tiene sus ventajas y sus desventajas.

La liberación de horarios -bien hecha-, debería servir para crear más puestos de trabajo, dinamizar el comercio, y obviamente generar un beneficio para la sociedad en su conjunto, incluido el estado. Ese socio silencioso, que siempre se lleva lo suyo, y nunca quiere saber de tus problemas.

Creo que la época en que vivimos, donde mucha gente ya ni compra en supermercados, tiendas de ropa, ferreterías, o cualquier cosa que se te ocurra, porque hace su pedido on line a cualquier hora del día o la noche, y recibe la compra cómodamente en casa, el hecho de tener restricciones horarias, lejos de ayudar a la economía local, atenta directamente contra infinidad de empleos de los más vulnerables.

Y no me quiero extender en esto, porque sin duda el debate y sus aristas darían para horas de análisis, por eso -y en resumen-, solo quiero decir que, estoy a favor de la liberación horaria. Obviamente, siempre que vaya ligada con una legislación adecuada, para que no atente contra los derechos de los trabajadores, pero también el de los ciudadanos, porque ciertas actividades comerciales, en algunos sitios concretos y sin un horario razonable, pueden ser un grandísimo problema para los residentes.

Creo que lo más importante en todo ésto, es el papel del estado, con una responsabilidad de control, irrenunciable. Por eso, resulta inadmisible algo público y notorio, que Jose ha comentado más de una vez en su podcat. Me refiero a las jornadas interminables de los trabajadores de ese sector, el no respetarse los descansos correspondientes, el que en muchos casos se les haga cotizar por menos horas, y tantas otras cosas.

El coste de tener inspectores, o controlar de la forma que sea que no haya abusos, es prioritario, y está más que cubierto por los impuestos que pagamos, que no son precisamente pocos. Pero si el coste fuera un argumento para no dar la guerra, solo con las multas ya se financiaría el sistema de control, porque todos sabemos que hay mucho por corregir.

Volviendo a la liberación de horarios, no puede resultar en que alguien tenga que trabajar cubriendo más de lo humanamente posible. No se puede pagar igual cualquier día y horario de la semana, o un festivo, a cambio de alguna ventaja, que siempre resulta mínima, y termina jugando en contra.

Tenemos tecnología para controlar lo necesario, y hacer que si un comercio abre más horas o días, eso no implique explotación laboral, y muy por el contrario, resulte en la creación de nuevos puestos de trabajo, con una oferta atractiva para clientes habituales y nuevos consumidores, para que dejen su dinero en el comercio de cercanía, y no en plataformas de internet (las que sean) donde el dinero muchas veces no se queda en España.

Quizá son necesarios algunos cambios de mentalidad para dar un paso positivo en todo ésto, y aceptar de una vez que, del mismo modo que tomarse un taxi de madrugada tiene un sobreprecio, otras cosas también lo tengan. Hay que ponerse en la piel del trabajador. ¿A quién no le gusta llegar a su casa temprano, cenar con su familia, y dormirse cómodamente en su cama a una hora decente? ¿Por qué entonces pretendemos que haya una parte de la población, que tengan que estar a nuestro servicio, cuando sea y como sea, con una remuneración y carga horaria, que en demasiados casos da hasta vergüenza ajena?

Entonces, ¿si todos queremos que nos respeten y cumplir un horario, por qué la gente llega a un bar o un restaurante, -aunque también ocurre en otros sitios-, y siendo la hora de cierre, pretende que el establecimiento siga abierto y atendiéndoles hasta que como clientes, se quieran ir? Esos trabajadores también tiene derecho a terminar su jornada, y no regalar su trabajo y su salud. Por eso, igual deberíamos ser un poco más empáticos, y respetar debidamente el trabajo de los demás, como exigimos, se respete el nuestro.

Quizá ha llegado la hora de precios diferenciales, para poder pagar sueldos diferenciales, y así extender horarios, aumentar puestos de empleo, y mover la economía de una forma lógica, y razonable. Pero claro, no nos gusta pagar más caras las cosas, siempre queremos el máximo por el mínimo, es decir queremos pagar el mismo precio por consumir algo un miércoles a las 2 de la tarde, que un domingo de Navidad, o el Día de la Madre, y que haya gente que nos sirva, cuando y como queramos, porque nosotros tenemos derecho a tomarnos libres esos días, pero ellos no.

Hay que ir haciéndose a la idea de que el mundo está cambiando, y cada vez lo hará más rápido. Y si algún comercio, o lo que sea, no puede adaptarse y ser rentable, quedará por el camino, como han desaparecido los videoclubs, o tantas otras cosas, que por uno u otro motivo, ya no existen.

Y para hablar de estos cambios, paso ya al episodio que contó con Mar Monsoriu. En él, se hablaba de inteligencia artificial y su aplicación en el sector de la restauración. Desde mi punto de vista, y ligado con lo que comentaba hace un momento, no pasará mucho tiempo antes de que la inteligencia artificial, además de permitir mejorar muchísimo los servicios y optimizar inventarios y otras cosas, creo que ayudará a una personalización del cliente, como no hemos visto nunca.

Seguramente tú que estás escuchando, recuerdes un episodio de hace años en la serie «Black Mirror», donde las personas estaban condicionadas en su día a día, por la valoración que tenían. Una puntuación que variaba en tiempo real, de acuerdo a las interacciones y comportamiento que tuvieran en el momento y situación que se encontraran. Trabajo, relaciones sociales, etc., con lo que iban cosechando puntuaciones que luego se tenían en cuenta para conseguir una hipoteca, empleo, o lo que fuera. Es decir, cada cosa que hacían y como se comportaban, influía directamente en que su vida fuera más fácil o difícil, pudiendo convertirse en marginados sociales, en el caso de una puntuación muy mala.

Y a eso me refiero en cierto modo. Llevamos ya años en que nos registramos en todo tipo de aplicaciones, sitios, redes o lo que sea para poder usarlas, y allí tenemos interacciones con otros usuarios, clientes, hacemos compras, ventas, etc., y de algún modo ya funciona todo este tema de las valoraciones. Por tanto, es solo un pequeño paso que, pasemos a registrarnos en cadenas de comida, y otros establecimientos, en los que además de acceder -como decía Jose-, a una carta personalizada, en la que se tienen en cuenta si tenemos alguna alergia y demás, tengamos la posibilidad de precios adecuados a nuestro perfil de cliente.

Sí, ya sé que esto suena un poco a ciencia ficción, y hablando de lo que se consume por ejemplo en un restaurante, no parece haber mucho margen de maniobra, pero seamos realistas, es posible premiar a un buen cliente. Y me explico, no es lo mismo una familia que reserva una mesa para cuatro personas en un restaurante, cumple con su horario de llegada, consume una cantidad importante, y rápidamente libera esa mesa para otra gente, que otras cuatro personas que se tiran cuatro horas charlando, entre dos cervezas compartidas. La rentabilidad del negocio, en cada caso es muy diferente.

También depende del tipo de productos consumidos, el horario, el comportamiento, y otras mil variables que pueden ser parametrizadas. Porque lo de que el cliente siempre tiene la razón, y pone las reseñas que se le vengan en gana, normalmente poniendo a parir al damnificado de turno, puede que tenga los días contados. Igual estamos más cerca de los que creemos, de que el restaurante pueda también valorar al cliente, y a través de una carta de precios personalizada, hacerle saber que no es bienvenido allí, sin tener que decir una sola palabra, ni mencionar lo del derecho de admisión.

Y ya sé que puede haber injusticias o abusos, ¿pero acaso no los ha habido toda la vida, y han quedado impunes? Ahora entramos en una nueva etapa, en la que todo es más controlable. La inteligencia artificial puede contribuir muchísimo a «afinar» cantidad de aspectos del día a día en cualquier comercio, y seguro que nos dará más seguridad y ventajas, que desventajas. Porque nadie quiere perder dinero, ni perjudicar su imagen comercial.

Por tanto, creo que podemos confiar en la objetividad -en este ejemplo por parte de los restauradores-, a la hora de velar por sus intereses, sobre todo teniendo en cuenta que el cliente tiene millones de sitios donde elegir, pero quien abre las puertas al público, no puede darse el lujo de hacer caprichos contra su bolsillo.

Finalmente, un breve apunte sobre el último episodio con el Sr. Mancuentro, quien comentaba que a su mujer no la habían dejado entrar al cine, comiendo un helado. En mi opinión, creo que se debe más que nada a que, desde la empresa cinematográfica, quieren poner algún límite, para evitar los abusos que lamentablemente siempre se cometen.

El hecho de no poner ningún tipo de restricción, dejaría la puerta abierta para que cada cliente que ingresara a la sala, decidiera cómo y con qué lo hace. Seguramente en la mayoría de los casos no habría problema, pero tampoco es menos cierto que podría darse la situación -por ejemplo-, de un grupo de amigos entrando con una bolsa de churros cada uno, otros de fiesta con bebidas alcohólicas, o lo mismo una familia llegando presurosa de un McDonalds, con sendas hamburguesas, patatas, y salsas varias, que podrían terminar afectando la experiencia de otros usuarios de la sala, así como a las propias instalaciones, en lo que se refiere a higiene y demás.

Creo que van por ahí los tiros, y como se dice, a veces pagan “justos por pecadores”, y una persona correcta, con un helado en mano, termina siendo “censurada” para evitar males mayores. Aunque en fondo creo que todos tenemos claro que el punto clave es el económico, porque el cine quiere vender entradas, y más cosas, con lo que si las personas se traen alimentos desde casa, o lo compran fuera y entran con ellos consumiéndolos, siempre existe la posibilidad de perder ventas.

Y para terminar, hablando de entrar a un sitio con cosas que allí o se venden, o no, quería compartir algo que me ha ocurrido varias veces, y que seguramente otros también han observado.

Cada tanto vamos con mi mujer a un establecimiento de comida rápida, y no es el de las hamburguesas que se le ocurre primero a todo el mundo, pero identificar a la cadena en cuestión no es relevante para lo que quiero compartir, aunque puedo decir que es una empresa que tiene sus restaurantes en Catalunya, y también está en Andorra.

A veces pasamos meses sin ir, pero cuando acudimos al sitio en cuestión, siempre lo hacemos temprano. Normalmente, es en fin de semana, pero se han dado situaciones entre semana, y esas son las que más me han llamado la atención, y el motivo por el que comparto estas palabras.

Recientemente, no sé si fue un miércoles o un jueves, nos llegamos hasta allí sobre las 12:30 h, y no fue la primera vez que nos sorprendió encontrarnos el parking tan lleno, que no lo podíamos creer. No era una fecha especial, tan solo un día de trabajo como cualquier otro, y tuvimos suerte de conseguir el único sitio que quedaba, en un espacio en el que, a la misma hora, un sábado o domingo está absolutamente vacío.

Pues bien, aparcado el coche, entramos al restaurante, y la mayoría de las mesas estaban ocupadas, pero nadie estaba comiendo. Había muchísima gente, sentada de a 1, 2, 3, 4 o incluso más personas por mesa, y todo plagado de ordenadores portátiles, entre los que era evidente que se había consumido café, agua, o bebidas refrescantes, pero en cuanto a comida, más allá de las migas de algún croissant ya digerido, no había rastros.

Hicimos entonces nuestro pedido, que a la hora de pagar, seguramente sumaba más que lo consumido en todas las mesas que teníamos a la vista. Y mientras esperábamos que nos prepararan la orden, nos quedamos comentando lo que veíamos. Básicamente, gente teletrabajando, porque creo que hasta pusieron el aceite a calentar para nosotros.

No había nadie más esperando pedido, con lo que muy pronto recibimos el nuestro, y fuimos hasta una de las mesas que estaban libres. Estuvimos allí más o menos una hora, y a la altura del postre y café, la cosa se fue entonando. Comenzaron a llegar más personas, que evidentemente iban a por algo sólido, y no en plan coworking.

Lo que nos llamó más la atención es que casi cuando nos íbamos, en una mesa en la que estaban trabajando varias personas, algunas sacaron de sus mochilas su «Tupper», y se pusieron allí a hacer su descanso programado, como cualquier hijo de vecino en su sitio de trabajo.

No era la primera vez que lo veíamos, y más allá de si está bien o mal, el derecho de admisión, y otras cosas de las que se ha hablado en los episodios de podcast que he mencionado anteriormente, o lo dicho incluso aquí mismo, la verdad es que me resulta un tanto sorprendente, y me da curiosidad saber ¿por qué ocurre esto?

Aclaro que no me refiero al hecho de que alguien abra su mochila, bolso, o lo que sea, y saque su «Tupper» con alimentos que se venden en el establecimiento en el que se encuentra, me refiero a lo de teletrabajar. Pero sobre todo por el perfil de la mayoría de los que ocupaban las mesas.

Te cuento, hablando de la última vez que fuimos, tanto a mí como a mi mujer nos gustan mucho los coches, y aparcando vimos dos de esos que cuestan más que un piso. Había otros “caros”, pero como están las cosas hoy día, uf! Casi que uno se acostumbra a todo.

Pues resulta que mientras estábamos comiendo, mi mujer me decía, ¿de quién sería uno de esos que sin duda llamaban la atención? Y resultó que en determinado momento, cerca de nosotros, un señor cerró su ordenador, salió del local, y se subió al mencionado coche. Del mismo modo ocurrió con un grupo de gente, que una vez fuera, comenzaron a despedirse al lado de otro de esos coches que hacen girar cabezas.

Y así hemos visto repetida la escena en más de una ocasión, cuando llega la hora en que el estómago reclama su prioridad. Vimos a algunas personas que se acercaban a pedir algo, otras -como dije-, tiraban de «Tupper» compartiendo mesa con los que habían hecho pedido, y también los que dejaban el lugar, habiendo consumido un café, un agua o poco más, tras seguramente unas cuatro horas ocupando una, o varias mesas.

No tengo ni idea de si el restaurante ofrecen wifi gratis, es de pago, o directamente quien va con ordenador se busca la vida. Incluso puede que alguno ni vaya allí a trabajar, aunque así lo parezca, pero todo el asunto me provoca mucha curiosidad.

Seguramente la inmensa mayoría de las personas a las que estoy haciendo referencia, a juzgar por las pintas y otros detalles, viven en un sitio donde pueden tener un espacio perfectamente dedicado y adecuado a sus necesidades. Ya sé que en casa puede haber niños y otros asuntos, pero creo que por lo que acabo de contar, siendo un día de semana, horario laboral, y el perfil al que me refiero, la escena no me cuadra.

Por tanto… ¿Qué mueve a todas estas personas a llenar un restaurante un día de semana toda la mañana? ¿Qué les ofrece o les cautiva tanto? ¿Van a ligar, pretenden ahorrarse algo, evitar recibir colegas o subordinados de trabajo en casa? Pues no lo sé.

Y tampoco lo entiendo desde el punto de vista del restaurante. ¿Da buena imagen tener las mesas llenas por horas, aunque se consuma poco, porque igual tienen que estar abiertos, pagara la luz, al personal, y todo lo demás? ¿Es rentable en alguna medida? Creo que tengo más preguntas que respuestas, y por eso he querido compartirlo contigo, porque igual sabes la respuesta y me lo aclaras, o incluso eres uno de los que se sientan en esas mesas, y te apetece explicarlo.

Y hasta aquí la entrega de hoy de Bitácora Mental. Gracias por tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.

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