
Hola, ¿qué tal, cómo estás? Soy Carlos Vitesse, y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
Los que nacimos en los sesenta, y crecimos con la TV en blanco y negro y sin mando, hemos sido unos privilegiados, al poder recorrer éstas décadas de progreso tecnológico, que nos han traído hasta las maravillas que tenemos éstos días, aunque como dice el dicho: “no todo lo que brilla es oro”.
Y es que, si bien es indudable que ahora mismo podemos disfrutar de cosas, que hace tan solo unos años muchos no podían siquiera soñar, tampoco es menos cierto que no todo son ventajas, porque los “magos tecnológicos” actuales, mientras te deslumbran con algo, en tu propia cara te están colando un truco, que -al menos en mi opinión-, desde hace tiempo y cada vez en más ocasiones, es una verdadera “tomadura de pelo”.
Pero antes de comentar algo puntual que me ocurrió éstos días, quiero reiterar, una vez más, que no estoy en contra del progreso, la investigación, los cambios, los adelantos, o cualquier cosa que mejore la calidad de vida de las personas. Es decir, no soy un nostálgico gratuito, de los que afirman temerariamente que: “todo lo pasado fue mejor”. Por eso, incluso acepto que ahora más que nunca, el vil metal juega con cartas marcadas, porque no hay progreso sin negocio, y eso hay que tenerlo muy claro.
Si en éste mundo dependiéramos de la caridad y la buena voluntad de las personas, nos habríamos extinguido hace miles de años. Estamos aquí porque los mas bajos instintos han podido ser satisfechos de una u otra forma. Léase, incluso, ganar dinero de forma obscena, creyéndose algunas personas inmortales, aunque unos cuantos terminaran -o continúen incluso ahora mismo, compitiendo por ser, “el más rico del cementerio”.
Sin negocio no hay adelantos, y no hay negocio sin ganar dinero, pero ahí está el matiz. Creo que antes se ganaba dinero, pero en general se respetaba mas a las personas, mientras hoy directamente en muchísimas ocasiones se abusa de ellas, excusándose en el consentimiento que da un clic, respecto a un texto de varias páginas, que se resume en, “nos perteneces, lo tomas o lo dejas”.
Llevamos años bajo una relación abusiva de los fabricantes sobre los clientes consumidores, y la forma en que interactuamos con los productos que adquirimos, utilizamos, o de los que simplemente nos servimos en nuestro día a día, para tener lo que -quizá equivocadamente-, consideramos una mejor calidad de vida.
Pues bien, para no irme más por las ramas, mi cabreo concreto de éstos días ha sido el mando de mi nuevo televisor. Un Smart TV de gama media, como tantos de los 4K que se venden desde hace años, y mencionar la marca no es importante, porque hoy todas van por el mismo camino. Y probablemente lo que comentaré, al 99,9% de la gente joven -y no tanto-, le parezca algo normal para los tiempos que corren, pero en mi opinión, es una de esas cosas que asocio con traspasar la línea roja, del respeto al consumidor.
Resulta que estábamos viendo la tele en casa, con mi mujer “al mando”, -nunca mejor dicho-, y de pronto apareció un mensaje en pantalla, diciendo que estaba bajo de batería. El mencionado dispositivo, del que ya había leído varias críticas en webs, donde la gente comenta sobre su experiencia tras haber comprado tal o cual televisor, en principio no me preocupó demasiado, aunque confieso que, desde el momento mismo en que nos conocimos, al abrir la caja del embalaje del Smart TV, no me cayó muy simpático.
Inmediatamente, observé lo que principalmente se decía de él, que tenía muy pocos botones, nada que ver con mi televisor de la misma marca y su correspondiente mando, que con 10 años de uso, parecía un Rolls-Royce al lado del nuevo, algo que tristemente comprobé muy rápido, porque “el viejo”, y siendo de una gama similar, se ve mejor, se escucha mejor, y en general todo lo hace mejor, y lo hemos sustituido, únicamente porque los colores ya no se ven bien.
Pero volviendo al mando, quien lo diseñó, se encargó de ahorrarle a la marca unos cuantos botones, que multiplicado por millones de estos aparatitos, seguramente estará redituando un dinerito, en la cuenta de algún directivo. Pero como dije antes, no vivo en el pasado, y me adapto a las cosas, con lo que lejos de ser uno más de los que escribiera disparates en internet, dije “le voy a dar una oportunidad”.
La sorpresa vino al verlo por la parte de abajo, donde me encontré con un panel solar, y no había compartimento para las pilas. Eso sí que no me gustó, y sabía que traería problemas, porque no es que uno sea Nostradamus, pero casi 50 años pulsando botones de éstos aparatitos, -incluso alguno con cable, como en su momento comenté en algún episodio-, te dan una experiencia, y te dejan claro que hay cosas en las que soluciones intermedias, no son buenos experimentos.
Queríamos terminar de ver el capítulo de la serie que habíamos elegido en una de esas plataformas en las que pagamos -como tontos-, para que nos pongan publicidad, -y éste es otro tema digno de tratarse aparte en otro episodio-, pero resulta que al subir y bajar el volumen, por culpa de la diferencia entre las partes habladas, y aquellas en las que ponen música como si fuera una fiesta discotequera, el aviso de batería se puso insistente, y diciendo que había que recargar el mando.
Ya bastante nos había importunado el primer mensaje, como para pausar el episodio y cargarlo en ese momento, así que insistimos en nuestra intención de ver unos minutos más, y ahí sí, ocuparnos de solucionar el tema. Pero la dictadura de los fabricantes se hizo patente una vez más, y en una caída de energía poco entendible, porque supuestamente poco antes había un 10% de batería, de pronto el mando dejó de responder.
Fue un instante “mágico”, o más bien quizá tipo recurso de película de terror, donde ocurren cosas inexplicables, porque allí estábamos con mi mujer frente al televisor, sin poder hacer absolutamente nada. El aparato, como si estuviera dotado de una inteligencia artificial maligna, asumió el control, y no podíamos hacer nada, ni salir de la plataforma, ni apagarlo.
En ese momento mi cabreo aumentó exponencialmente, porque no me había ocurrido nunca en la vida, y a pesar de que sabía qué podría ocurrir, ya estaba pasando. Pero al menos teníamos la tranquilidad que hay cosas que no han cambiado, porque desde hace décadas, cuando se inventó la TV, un tirón al cable de corriente podía revocar inmediatamente el poder que se había autootorgado la pantalla, y su socio exhausto de energía.
Todavía conservo la caja en la que vino la tele, así que me fui hasta ella y busqué si al desempaquetarla me había quedado alguna pequeña bolsita escondida por algún recoveco, en la que hubiera un cable y un cargador. Pero la modernidad no viene sola, así que en el manual decía claramente que no se incluía cable de carga, y del cargador ni palabra. Es que llevan años tomándonos el pelo con esto, invocando la ecología, cuando la verdad verdadera es que todo obedece al dinero, y a conseguir cobrarte más, por lo mismo.
Pero algo que también me molestó bastante, fue que no había información sobre qué tipo de carga sería la adecuada. Ni volts, ni amperes, ni nada. Y me dirigí a la “biblia moderna”, el buscado web que ya viene siendo sustituido por los resultados a través de la IA de turno, y allí vi que una opción era cargar el mando directamente desde un USB del televisor, y poder así terminar de ver el episodio, “en equipo”.
Y para describir el hecho, digamos que mi mujer seguía sentada en el sofá, y yo estaba parado al lado de la tele, mando en mano, subiendo, bajando el volumen, o haciendo los cambios necesarios, para terminar de ver lo que estábamos viendo. Y casi olvido decirlo, pero desde el primer aviso de batería baja, estuvimos tratando de que el panel solar hiciera algo por la situación, pero ni poniéndole el sol encima, conseguimos que tan solo mantuviera ese 10% de batería, o atenuara la caída. Como había mencionado antes, en pocos minutos pegó un bajón, y el mando quedó inoperable.
En resumen, que compruebo, una vez más, que las marcas insisten en hacer cambios absolutamente innecesarios, y que solo obedecen a sus propias necesidades, de llevar a límites insospechados sus cuentas de resultados, camino en el que, “el fin justifica los medios”.
Si quitas las pilas de toda la vida, en 2025 tienes que sustituirlo por algo que no afecte la experiencia del usuario, de ésta forma inaceptable. Si no tienes como hacerlo barato con una batería de recarga inalámbrica, déjame usar al menos pilas recargables para producir menos residuos, y que teniendo dos pares, nunca me quedaré sin energía. Porque no es que al quedarse el mando sin batería nos haya devuelto a los años 70, es mucho peor, porque los benditos aparatos llevan muchísimos años sin tener botón alguno, y no se pueden operar sin un mando. Otro abuso en nombre de la modernidad, y seguramente la ecología, pero solo esa que encaja con lo de ahorrar al máximo, para que las marcas puedan ser más ricas, y cotizar mejor en bolsa.
Y ya me he extendido mucho, pero tampoco podemos dejar pasar el hecho de que hoy compras un televisor, y para poder usarlo, además de la electricidad, tienes que tener una cuenta de correo, un móvil, conexión a internet, poder leer códigos QR, hacerte una cuenta de usuario con el fabricante del aparato, y tantas otras cosas, sin las cuales tú pagas por el Smart, pero no puedes hacer absolutamente nada con él, que no sea decorar tu salón con una pieza modernista, inerte.
Hoy tu Smart TV te espía. Hace captura de pantallas de lo que ves, algunas marcas cada muy pocos segundos, otras cada tantos minutos, y saben todo lo que pasa por esas pulgadas que tienes frente a tus ojos, así como aquello que recorre tu conexión de internet. Te escuchan, te ven, y del mismo tantos y tantos electrodomésticos, y dispositivos de los más variados que usamos a diario, y que vemos como normales. Tan normales como que tu robot limpiador suba imágenes tuyas haciendo tus necesidades en el baño, algo crucial para cumplir su función de limpieza, o que una aplicación fotográfica necesite escucharte, grabarte, saber quienes son todos tus contactos, y vaya a saber que más, como condición para que puedas usarla.
Pero como decía antes, en ese “lo tomas o lo dejas”, a través del uso y costumbre, cada día entregamos más nuestras almas, vidas, y lo que sea necesario, consintiendo más intrusismo, y falta de privacidad. Por el camino que vamos, todavía algunos no se han desayunado, pero estamos muy cerca de traspasar la última frontera de la libertad.
La asociación entre tecnología y política, bajo el disfraz del bienestar, nos está secuestrando la mente, y van camino del cuerpo, que llegará, porque a golpe de clic, cuesta menos decir “sí”, y seguir al rebaño, que ocuparse de lo verdaderamente importante.
Soy Carlos Vitesse, y hasta aquí la entrega de hoy de Bitácora Mental, gracias por tu tiempo al leer o escuchar éste contenido, y te espero en el próximo.
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