
Imagen: Fotograma de la película (vía YouTube) «Toto Paniagua, el rey de la chatarra».
Si te digo que cada vez hablamos y escribimos de forma más «simple», creo que no te estoy contando nada nuevo. Porque, a no ser que en tu caso te encuentres en un ambiente especial, académico, literario, o en contacto con personas que gustan de expresarse -oralmente o por escrito-, con un vocabulario rico, coincidirás conmigo, en que la gente utiliza cada vez menos palabras, para intentar decir lo mismo.
El idioma español pone a nuestro alcance, infinitas posibilidades de lucirnos a la hora de transmitir algo, pero corren tiempos -en éste caso contra toda lógica-, donde menos es más. Y así vemos desde hace ya bastantes años que, -comenzando por los más jóvenes-, se prima la inmediatez, sobre la calidad de una comunicación. Y eso nos ha llevado a escribir palabras con menos letras, deformarlas, o cambiarlas buscando decir lo mismo de otra forma, pero que en demasiados casos ha resultado en verdaderos horrores en el habla, o la escritura.
Parece que se es más guay actuando así, porque hacerlo de forma correcta, o esmerarse un poco en las palabras utilizadas para expresarse, en la mayoría de los casos parece propio de «viejos», o de quienes se consideran por encima de los demás.
Gente cursi, con ínfulas de superioridad, y demás características personales de la fauna humana, han existido siempre. Y del mismo modo, aquellos cultos y educados que cada vez se ven menos, pero si hay algo que tengo claro, es que hemos nivelado hacia abajo, porque cada vez se estudia menos, se sabe menos, y da miedo ser señalado. Por eso han montado este circo, del menos es más, para protegerse desde la ignorancia, siendo mayoría, y viviendo cómodos en ella.
Puede que suene duro, exagerado, o -a ojos de algunos- incluso equivocado, pero debemos ser sinceros, y al menos reconocer las propias limitaciones. La realidad es que la humanidad ha hecho grandes progresos en muchos campos, pero en otros, hemos retrocedido de forma preocupante, y en contra de todo pronóstico, cada vez parecen más vigentes aquellas palabras de Sócrates: «solo sé, que no sé nada».
Y por si alguien cree que estoy ubicándome fuera del grupo al que cuestiono, al contrario, soy consciente del sitio que ocupo. Pero al menos no pregono mi satisfacción como miembro voluntario, y aunque no de forma permanente, cada tanto intento escapar al destino de las mayorías, que ya no se resisten a la comodidad del no pensar.
Por eso siempre he admirado a quienes, -incluso en estos tiempos-, toman el riesgo de ser ignorados, o hasta incluso atacados de diferentes formas, y hablan o escriben con un poco de esmero. Y puede que sean una especie en extinción, pero todavía los hay, incluso en el mundo podcastero, grabando sus audios evitando utilizar gratuitamente palabras soeces, que lejos de clarificar el mensaje y hacerlo más contundente, solo dejan claro -en la mayoría de los casos-, su incapacidad personal de decir las cosas de otra forma, por desconocimiento, falta de educación, bajo intelecto, o el «diagnóstico» que les aplique en cada caso.
Es que hay muchas formas de decir algo, e incluso se puede insultar elegantemente, sin que quien recibe el insulto se entere, algo que hoy por hoy es un verdadero arte, y al alcance de pocos. Lamentablemente, ya no abundan aquellos que saben mantener las formas, incluso en situaciones límite, cuando el instinto se apodera de cuerpo y mente, traspasando esa línea de no retorno, y que en ocasiones termina en arrepentimiento sincero, pero con consecuencias irreversibles, porque el mal ya se ha hecho.
Y si todo esto te parece una perorata, quizá es buen momento de ir al grano, y comentarte de donde ha salido. Resulta que, como en infinidad de ocasiones, todo tipo de recuerdos asaltan mi mente en las más diversas situaciones. La verdad que en la inmensa mayoría de los casos, no soy capaz de explicar cuál es el detonante, o por qué surgen en un momento preciso, pero allí están, y éstos días he recordado un programa de humor, que veía en los años 70 y 80.
Dentro del mismo, había un sketch en el que el protagonista era un chatarrero, que por un golpe de suerte se había convertido en millonario. El personaje en cuestión quería relacionarse adecuadamente con gente de la alta sociedad, y necesitaba dominar el «saber estar», un vocabulario rico, y modales en sintonía con su nueva posición económica. Para ese cometido, decidió tomar clases particulares con un profesor, que le enseñaba como sentarse a la mesa, compartir una comida, e infinidad de detalles en consonancia con ese objetivo.
La escena formó parte de más de un programa de televisión a partir de 1974, donde alumno y profesor eran los mismos actores, pero según el país donde se hiciera, podía variar algún colaborador. El personaje tuvo mucho éxito por aquellos días, por lo que además del bloque semanal en el programa humorístico, en 1980 se hizo una película para aprovechar ese tirón, donde el metraje permitió darle a los guionistas la posibilidad de explayarse en la supuesta vida e historia del chatarrero, abordando otras situaciones de su día a día, pero evidentemente sin faltar a sus clases de etiqueta, la base del éxito.
La situación concreta dentro del programa que recordé éstos días, puedes verla en un vídeo corto, cuyo enlace y junto con el de la película, te dejaré en las notas del episodio. Allí verás cómo se comportaba el alumno, y la frustración del profesor, que en determinado momento le espeta una palabra que me quedó grabada, y que si se la dijeran hoy a alguien que desconoce su significado, seguramente se lo tomaría bastante peor de lo que en realidad significa. Recordemos que hace cuarenta y pico de años, en los medios de comunicación, no estaba bien visto decir cosas que se escuchaban en la calle. Estar frente a una cámara o un micrófono, llevaba implícita una actitud y señorío, que poco después se fue perdiendo rápidamente.
Yendo al meollo del asunto, el profesor le dice a su alumno que es un «zamborotudo», y éste, evidentemente no sabe qué le están diciendo, pero lo soporta de buena manera.
Según el diccionario de la Real Academia Española, «zamborotudo» es un adjetivo coloquial, que significa tosco, grueso y mal formado. En referencia a una persona, sería que hace las cosas toscamente, y de forma poco cuidadosa. En el caso de aplicarla a un objeto como un mueble, lo definiría como algo de poca calidad, mal hecho. Y finalmente la RAE dice que se utiliza en Andalucía, para hablar de un vino cuando resulta turbio o peleón. Por ejemplo, expresando «éste vino es zamborotudo, tiene mucho sedimento».
La verdad es que desconozco si los andaluces continúan utilizando ésta palabra, que en mis veinte años en Cataluña jamás he escuchado, y que a lo largo de mi vida nunca he pronunciado en ninguna conversación. Pero desde que la escuché en aquel programa de humor, cada tanto me viene a la mente, y hoy quería compartirla contigo, sobre todo porque nuestro idioma es muy rico, y una verdadera pena que cada día utilicemos menos palabras, repitiendo generalmente las mismas.
Hablar mejor, no necesita de dinero, como antaño, cuando cualquier progreso educativo y cultural, pasaba casi exclusivamente por un desembolso económico, que pocos podían permitirse. Hoy, a través de internet, podemos acceder a un mundo entero de conocimiento, y gratis, o casi. Una oportunidad excelente para crecer en todo sentido, y hacer realidad un conocido dicho, que sin duda aplica en éste caso: «querer es poder».
Y hasta aquí la entrega de hoy de Bitácora Mental. Gracias por tu tiempo al leer o escuchar éste contenido, y te espero en el próximo.
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