234-Jubilada con 18 años de servicio

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Confieso que cuando decidí contar con sus servicios, — allá por 2007—, jamás pensé que fuera a prestarlos tantos años. Es más, podría seguir haciéndolo, pero esta trabajadora facial, considero que ha cumplido con creces sus labores en el mundo de la estética y el cuidado personal, por lo que he decidido premiarla, con una jubilación prematura. Mi afeitadora de los últimos 18 años, ya está disfrutando de su merecido retiro.

Hola. ¿Qué tal, cómo estás? Soy Carlos Vitesse y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.

No es la primera vez que digo que no me convence, en absoluto, ningún tipo de aparato que utilicen baterías recargables. Pero ya sabemos cómo poco a poco han ido copando el mundo tecnológico, y actualmente es casi imposible encontrar algo que no utilice ese sistema de alimentación energética.

Allá por 2007 ya se veía esta tendencia, y a la hora de la compra de este aparato, al que uno le entrega su propia cara y delicada piel, para que desempeñe las funciones inherentes a su propósito y creación, tengo que decir que no estaba nada convencido. Lo tomé como algo provisorio, una prueba, una solución temporal, porque hasta ese momento —creo recordar—, solo había tenido afeitadoras que funcionaban únicamente conectadas a la red eléctrica.

Fue así que, una vez más, entregué mi confianza a esa marca que antes fabricaba en Holanda y que, como todas, desde hace muchísimo tiempo uno ya ni pregunta dónde lo hacen, porque las sorpresas son mínimas. En casa siempre hemos tenido buenas experiencias con Philips, y dentro de sus electrodomésticos, lo más viejo que recuerdo de mi niñez, es un televisor blanco y negro de los años 60, que teníamos en el salón. De aquellos que se vendían bajo el eslogan «mejores no hay», y veían pasar generaciones frente a sus pantallas. El nuestro dio servicio hasta que nos aburrimos de él a fines de los 70, cuando con el primer año de la nueva década, comenzaron las emisiones de televisión en color. 

Y recuerdo que tenía 24 pulgadas, pero de esas que venían con un complemento que te adornaba los espacios, y ocupaba sitio como si fuera una pantalla de cine. Cada vez que pienso en la de años que uso monitores de ese tamaño para mis ordenadores, y que mucha gente los prefiere incluso más grandes, soy consciente de cómo han cambiado las cosas. Sobre todo porque en mis inicios en esto de la informática, esa función la improvisabas con algún televisor que tuvieras disponible. Era cuestión de conectar el cable a la antena y ponerlo en el 3 o 4 -el que estuviera libre- y que normalmente era en el que transmitía el dispositivo en cuestión. 

El primer monitor que tuve, fabricado especialmente para esa labor, fue uno de fósforo verde, y creo recordar de 9 pulgadas. La verdad es que parecía más una pantalla de radar de la Segunda Guerra Mundial, o instrumental médico encargado de mostrar datos vitales, que algo dedicado a un ordenador. Pero así se construyó la historia, evolucionando sin parar.

Y volviendo a la afeitadora, si bien con cada nuevo modelo, siempre está esa publicidad de no sé qué adelanto, y que hará maravillas con tu barba, por las que he pasado, no recuerdo haber notado mucho cambio con la anterior. Veremos cuando estrene la que acabo de comprar.

Es que hay cosas que tienen una aplicación tan básica, que cuesta hacer un producto que pueda sorprender al comprador. Igual eso depende del usuario, y en este caso quizá incluso de su “pelambre”, que en lo personal siempre ha sido poca cosa. Por eso, insisto, nunca he experimentado un gran cambio de una generación a otra, incluso saltándome varias. La verdad es que no recuerdo haberme visto sorprendido por el desempeño de este invento reinventado, pero que siempre es el mismo: un conjunto de cuchillas, que giran a toda velocidad sobre unos ejes, y te cortan la barba.

Pero siendo justo, no digo que el producto con los años no haya tenido mejoría en varios aspectos, porque la tiene. Pero quizá esa sensación de gran cambio, —en mi opinión—, se ve amplificada artificialmente. Creo que cuando te pasas a una nueva, seguramente las cuchillas que usabas antes estaban ya bastante desafiladas, y por ahí va sobre todo la satisfacción con el nuevo producto, más que por una realidad a partir de lo que te venden, donde parece que la dichosa máquina pudiera flotar sobre la cara, sosteniéndose con sensores infrarrojos, y recorriendo la piel de tu rostro, simplemente guiada por la telepatía.

Pero ya digo, es mi punto de vista porque, probablemente, la experiencia de un vecino que tuve hace muchos años, haya sido diferente. Según sus propias palabras, no tenía barba, lo suyo eran alambres rompedores de afeitadoras. Y no me lo tomaría al pie de la letra, pero igual algo de verdad había. Tengo claro que existen personas que rompen cosas, y que uno no se explica cómo lo hacen, porque son verdaderos «destróyers». Usuarios intensivos que llevan lo que les pongas delante al límite y más, sometiendo al producto en cuestión a un castigo tal, que ni probadores profesionales les consiguen infligir. 

Y hablando de límites, me gusta saber hasta dónde llegan las cosas, porque no soy de los que compran por comprar, y por eso incluso pensé en sustituir las cuchillas de mi máquina del 2007. Pero costaban casi la mitad que una nueva, y teniendo en cuenta los años, sumado a la época en que vivimos, donde muchas cosas no se consiguen en tiendas físicas, y hay que adquirirlas online, no quise correr el riesgo de hacer una compra, comprobar que no eran compatibles, y tener que devolverlas. Además, incluso siendo compatibles, habría gastado casi la mitad de una nueva, pero seguiría teniendo una batería vieja, —que debo reconocer al día de hoy aún da un admirablemente buen servicio—, pero está claro que los años no vienen solos, por lo que en cualquier momento podría darme una desagradable sorpresa.

Por todo lo anterior, y la buena experiencia de tantos años, he decidido continuar fiel a la marca, y darle el voto de confianza a otro de sus productos, de esos que se venden ahora, que solo con comprarlos ya te haces más joven, guapo, rico, y todas esas cosas con las que intentan meterse en tu mente, para quitarte el dinero. Sí, me refiero a esas publicidades actuales, donde te muestran que con lo que ellos te ofrecen, igual te puedes afeitar a caballo corriendo tras un zorro en la campiña inglesa, o buceando en las maldivas, mientras buscas algún tesoro.

Menos mal que uno tiene los pies sobre la tierra. Nada como saber lo que se compra, cuándo y por qué. En este caso, simplemente como relevo natural, permitiendo el digno retiro de esta fiel colaboradora, tras más de 18 años de servicio, y que ya veremos a dónde va, porque por discreción, eso quedará entre nosotros.

Soy Carlos Vitesse y hasta aquí mi Bitácora Mental de hoy. Gracias por tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.

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