Vivimos en un tiempo en el que, cada vez tenemos mas sencillo dejar de hacer cosas, o haciéndolas, que la tarea sea mas fácil. En ocasiones alimentamos peligrosamente a la pereza, y en otras, las neuronas corren cierto peligro de que la capa de polvo sobre ellas, por inactividad, sea demasiado pesada para reactivarlas. Y si hay algo que conecta todas éstas cosas, es internet. Un agujero negro que absorbe cada día mas y mas nuestras vidas, haciendo de nosotros un mero instrumento de la actualidad, en la que casi siempre solo obtenemos una limosna, mientras cumplimos la voluntad de los mas listos, que son lo que de verdad recogen el beneficio. El individuo como ser autónomo está en vías de extinción, y todas esas libertades que creíamos tener en propiedad, hoy son cosa del pasado.
Hola que tal ¿cómo estás? Soy Carlos Vitesse y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
Lo he dicho muchas veces, y tengo que reiterarlo una vez mas, porque viene a cuento: el ser humano se acostumbra a todo, incluso a lo malo, o aquello que le perjudica. El tiempo, y la falta de rebeldía conseguida con algún premio, es la combinación perfecta, incluso para domesticar a la peor fiera. Sobre todo a esa que se considera pensante, y reina del mundo animal, aunque en mas de una ocasión bien nos representaría el título de la canción de Seals & Crofts, “King Of Nothing”.
La comodidad, la satisfacción cortoplacista, y tantos otros caramelos que las empresas tecnológicas ponen a nuestras disposición para endulzarnos y engordar nuestra desidia pensadora, viene teniendo unos resultados excelentes para los objetivos de quienes mas que clientes, quieren tener rehenes. Y habiéndolo conseguido, van por el escalón de convertirnos en esclavos.
Y es que se lo vienen currando muy bien, al punto que ya casi nadie parece darse cuenta -o no interesa- el hecho de que nos controlan todo el tiempo, y que a través de esos productos que compramos o simplemente usamos, saben absolutamente todo de nosotros. Incluso mas que nosotros mismos. Algo que puede verse a cada momento en nuestras vidas, incluso sin hacer uso de terminados artilugios tecnológicos, y simplemente viviendo en el entorno en que transcurre nuestro día a día. Un Gran Hermando de dimensiones mundiales, donde los mas listos que mencionaba antes, ubicados en la sala de control, hacen de nosotros el videojuego mas rentable para sus propios intereses.
Y en lo personal, me molesta comprobar a cada instante, esa invasión de la privacidad, ese atropello a nuestro derecho a ser unos perfectos seres anónimos, en un mundo en el que cada vez se es mas número, y menos ser.
Y ahora mismo podría utilizar muchos ejemplos que me dan vueltas en la cabeza, para referirme a esa intromisión permanente en nuestro día a día, pero como mucho serán dos, para no extenderme en éste audio, y que no resulte un ejercicio de masoquismo digital.
Resulta que tengo una impresora de la que no diré la marca porque no es relevante para lo que quiero contar, y es un equipo sencillo, que lleva conmigo unos 10 años. Es láser monocromo, es decir imprime solo en negro.
La verdad es que tiene poco uso, y seguramente en todos estos años no haya hecho ni 2.000 impresiones. Ni recuerdo cuando le cambié el tóner, y son ya tantos años, que casi juraría que solo lo hice una vez, porque le saqué buen partido al que traía de fábrica.
La cuestión es que durante estos 10 años, la tenido conectada a 3 ordenadores diferentes. Dos de ellos con Windows 10, y el último, recientemente con Windows 11.
Y confieso que soy de ese tipo de personas que mientras algo funciona, no lo tocan ni lo cambian. Por tanto, a pesar de existir impresoras mucho mas modernas e incluso a precios interesantes, sigo con la que tengo porque soy fiel a mi principio de que, si algo cubre mis necesidades perfectamente, no tienen sentido desecharlo por algo nuevo. Y del mismo modo me manejo con el software. Sé que suena bastante “viejuno”, por decirlo de algún modo, pero desde siempre me he resistido a las actualizaciones, salvo las absolutamente necesarias para el correcto funcionamiento del equipo en cuestión. Y quizá esto que uno lleva incorporado desde el principio de los tiempos de internet, se haya grabado a fuego el día que una mala actualización o alguna interrupción en el flujo de datos durante una, me dejó tonto un móvil bastante nuevo, y a partir de ahí nunca funcionó de forma correcta, ni siquiera reinstalando el sistema operativo.
Así que solo actualizo controladores, y software en general de los dispositivos que utilizo, cuando veo que efectivamente algo va mal, o recibo una alerta de que es imperioso descargar una última versión, por el motivo que sea.
En base a esta postura, pero dentro de unos márgenes de maniobra medidos, cuando el ordenador original al que estaba conectada la impresora quedó en desuso, al pasarla al siguiente que tenía disponible, habiendo transcurrido -creo recordar- unos cuatro años, decidí hacer la nueva instalación con controladores actualizados. Y del mismo modo, con la última versión disponible, del software de impresión.
En ese momento pude comprobar que “lo nuevo” era algo mas “intrusivo”, y no tan funcional como el anterior, algo que -al menos a mi-, me está ocurriendo bastante seguido. Me refiero a comprobar que lamentablemente, versiones de programas supuestamente mejorados para optimizar el uso y funcionamiento de un equipo, en la práctica no dan un mejor servicio, o al menos no es apreciable por el usuario. Pero lo que si queda a la vista, es que el manejo es, o menos intuitivo, o peor en otros aspectos. Me refiero por ejemplo, a la desaparición de opciones para selecciones mas precisas que en la versión anterior. Y así cantidad de detalles, que a uno le hacen pensar de que poco les importa el usuario, y lo que quieren es llenar el ojo, sacando el máximo partido de un producto, que en realidad no está pulido como el anterior.
Bien, la impresora continúo funcionando, y algunos años mas tarde, en ese mismo ordenador hice cambios de hardware, con lo que volví a instalar todo lo referente a controladores y software de la marca del fabricante. Había mas cambios y claramente la instalación de compra, la primera había sido las mas sencilla, perfecta y funcional. En definitiva, como me gustan a mi, sin estridencias, y asuntos que requieran mucha atención, porque suelen ser una molestia extra, sobran, y no dan el servicio que en realidad a uno le interesa, y por el que ha pagado. Nada como una instalación sencilla y tranquila, sin letra pequeña, ni mil cosas para leer y aceptar. Eso no tienen precio.
Pues llegamos a estos días, momento en que me paso a Windows 11, tercer ordenador, y cuarta ocasión en que tengo que hacer lo necesario, para continuar alargando la vida de mi impresora entrada en años, que es como la ve este mundo de usara y tirar.
Al saltar de Windows 10 al 11, he querido evitar problemas, con lo que no me he resistido en lo mas mínimo a la “modernidad”. Por tanto, me fui a la web del fabricante, y allí descargué lo último en controladores y software, según mi sistema operativo, y modelo de impresora en cuestión.
Todo correcto, hasta el momento en que uno comienza a instalar lo que ha descargado. No obstante he de decir que sin problemas, todo funcionó, y he podido continuar imprimiendo, como lo venía haciendo desde siempre. El “pero”, léase cabreo, llegó en el momento en que me di cuenta de que para usar el software actualizado, debía dar una serie de consentimientos, que no es ni mas ni menos que darle a la empresa fabricante del equipo, -o proveedora del software-, carta libre para que sepan exactamente como estás usando tu dispositivo. Como funciona, a que lo conectas, que haces con él, que imprimes, y todo lo que se te pueda ocurrir.
Es decir, a cambio de poder usar el software, que se supone imprescindible e implícito en la compra de algo que necesita de el, para conseguir el objetivo para el que fue creado el artículo, por el que he pagado y es de mi propiedad, he tenido que aceptar la renuncia total a mi privacidad, respecto de su uso.
Obviamente te lo escriben de forma muy “simpática”, camuflado en que es por tu bien, para mejor la experiencia, el funcionamiento y bla bla bla, pero tu y yo sabemos que si hace 10 años que uso esta impresora y sigue siendo una impresora, porque por mas que le diga que me ponga música no lo hace, si antes no necesitaba de nada para darme el servicio, ahora de vieja, tampoco. No tiene ningún sentido, que una década después me digas que la única forma de que siga funcionando bien, es que te permita espiar todo lo que quieras y puedas, sobre lo que hago ya no solo con ella, sino probablemente con mi ordenador, y vaya a saber que mas.
Pero para no hacer mas largo este ejemplo, te diré que comencé e imprimir con los nuevos controladores y software, y la impresión no ha cambiado, o siendo muy “tiquis miquis”, diré que parece que carga algo menos la tinta sobre el texto que la última vez que imprimí, que fue hace poco. Y por si acaso aclaro, tienen tóner, es decir que si imprime mas claro, no es por eso.
Pero lo que si he notado, es que el equipo calienta que parece listo para hacer una barbacoa, y eso no ocurría. ¿Qué ha pasado aquí? Pues no lo se, pero como se dice “piensa mal y acertarás”.
En resumen, que con los espías dentro, ya deben estar meditando que un señor que ha pagado por una impresora hace 10 años, y la ha venido usando en varios equipos sin ningún problema, y que no compra cartuchos de tóner, no es un cliente rentable. Así que me arriesgaría a decir, que no pasará mucho tiempo, antes de que ese calentamiento inusual de los componentes, o alguna actualización de software, hagan que aparezca en mi pantalla algún indicador de fallo, y de que ya es hora de que me compre una impresora nueva, porque mi “reliquia” ya no es apropiada para funcionar en 2024
Y para cerrera el episodio, quiero comentar brevemente algo similar con el ordenador nuevo.
El otro día me llamaba la atención que trabajando en Windows 10 en un documento de texto en libre office, al grabar el archivo tenía por ejemplo 30 kb. Pero resulta que al enviármelo al ordenador con Windows 11, solo con abrirlo y volver a cerrarlo, todo hecho con el mismo libre office, al grabarlo pasaba a 60 kb. Me resultó bastante raro, a pesar de que evidentemente habrá diferencias entre Windows 10 y 11, pero llevar al doble a un archivo de texto, no deja de parecerme raro.
Mas cosas sobre lo mismo, no soy de tener muchos programas en los ordenadores, solo los que uso habitualmente y he comprobado que el de Windows 11 al momento de cargar lo mismo que tengo en el de Windows 10, resulta que tienen un consumo de RAM superior, y apreciable.
Y redondeando el asunto, lo que no me gusta nada, es el software del fabricante, que del mismo modo que con la impresora, te lo meten supuestamente para un mejor funcionamiento del equipo y bla bla bla, pero mas allá de que veo que se actualiza seguido, a diferencia del que tengo de la misma marca con Windows 10 al que le quité todo el software del fabricante cuando ya estaba fuera de garantía, también compruebo o mas bien sospecho, de que mi privacidad ha de estar en mínimos inexistentes, incluso antes de conectarme voluntariamente a internet, porque el ordenador parece tener vida propia, y eso del monitoreo “por tu bien” es el timo mas descarado que hay.
El momento en el que mas noto que el ordenador está haciendo cosas que no le he pedido, es cuando le doy “suspender”. Mientras el de Windows 10 se apaga el instante, el de Windows 11 -y software extra de fabricante cabe aclarar- parece que estuviera a todo vapor. Veo los discos duros funcionando como si estuviera enviando o descargando algo, etc., y le lleva un buen rato entrar en reposo como el otro. Seguramente en ese tiempo, además de algún testeo reiterado e innecesario “por mi bien y el del equipo”, seguramente se estará llevando a cabo una suerte de inspección de hasta los mas recónditos bytes de todo lo que tengo en él, y dispositivos conectados. .
Es un equipo nuevo y está en garantía, con lo que ahora mismo prefiero no tocar, no sea cosa que termine perjudicado, pero esto de que el equipo viejo de 10 años de uso con Windows 10 vaya casi mas rápido que el nuevo en muchos momentos, me deja claro que en un tiempo haré una limpieza y adelgazamiento de lo que tiene instalado.
Y hablando de Windows, no olvidemos la noticia de que grabará todo lo que hagas en el ordenador, así que esto es un no parar.
En fin, que hay muchísimos ejemplos y no voy a entrar en el mundo de los móviles, domótica, seguridad, y tantas otras aristas de la vida diaria, en las que hemos perdido la batalla de la privacidad, que no hemos sabido ni querido defender como es debido.
Y lo peor, lo dependientes que somos de todo tipo de software, que ya no importa si eres dueño de algo y lo has pagado, ya han decidido quitarte hasta la libertad de ejercer tus derechos como propietario. Diría que vamos camino a la esclavitud, y la dictadura tecnológica. Y si no, para muestra, mas de una marca de coches eléctricos que te quieren cobrar suscripciones para utilizar cuestiones que antes eran -y como debe ser-, parte inseparable del vehículo, su precio y la propiedad del mismo.
Nos prueban de forma permanente, intentando que el cliente necesite un pago extra mensual para conseguir mas potencia, o hacer funcionar tal o cual equipo que está incluido en el vehículo pero no funciona sin una activación remota.
En cualquier momento -o igual ya ocurre y no me he enterado-, para encender el aire acondicionado o la radio, solo podrás hacerlo si contratas esas suscripción, y como no tengas ninguna y no resultes un “buen cliente” -a criterio del vendedor claro-, igual a golpe de click te dejan tirado en la calle, porque quien domina el software tiene el poder sobre ti, no importa que tu coche te haya costado 60.000 euros, eres dueño del objeto, pero no del uso, para eso tendrás que pagar, o tendrás un pisapapeles de 2 toneladas.
Y ojo que esto es extrapolable a una ordenador, una nevera, o lo que se te ocurra, porque hoy todo está conectado, así que… madre mía la que se nos viene encima.
Y hasta aquí el Bitácora Mental de hoy, gracias por leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo. Chauuuu…
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