En el episodio de hoy de Bitácora Mental te cuento un recuerdo de 1978, cuando con 12 años me di cuenta de que los coches iban a ser algo importante en mi vida. Pero ojo que siempre me gustaron en su estado original, así que no te dejes engañar por el título, porque esta es una de esas historias (reales) que cuestan creer.
Hoy te quiero llevar hasta un recuerdo de 1978, cuando me faltaban unos meses para cumplir los 12 años, y fui consciente de que los coches eran algo que me atraía muchísimo.
Por lo que recuerdo, desde los 9 años hasta ese momento, parecía que el fútbol era el deporte que me hacía vibrar y de echo probablemente así fuera, porque durante 2 o 3 años, gracias a un amigo que vivía frente a casa, e invitado por sus padres, pude ver en directo -y junto a ellos- infinidad de partidos del equipo de nuestros amores, desde las gradas de un estadio que vio nacer el campeonato mundial de fútbol, hace casi ya 100 años.
Y recuerdo con muchísimo cariño aquella época, en la que vivíamos la previa camino al encuentro, siguiendo a los comentaristas de turno a través de la radio del coche. Y luego dentro del reciento del espectáculo, era infaltable una pequeña radio transistor para saber que estaba pasando en momentos puntuales, en los que se te escapaba algún detalle.
Nunca voy a olvidar la sensación de entrar en aquel monumento al fútbol, el momento en que luego de subir unas cuentas escaleras, aparecías en medio de uno de los tantos sectores que tenía aquella tribuna que quedaba justo frente a la que ocupaban los locutores de radio y TV. Y el punto culmine era observar hacia abajo el campo de juego, recorriendo con la mirada a izquierda y derecha aquella mole de cemento, que en 1930 había escrito la primera página del fútbol moderno, cuando la copa quedó en casa.
Y la verdad no recuerdo bien porqué, pero con mi amigo dejamos de ir a los partidos, y comenzamos a tener otros intereses en común, pero también a nivel individual. Y en éste último aspecto me di cuenta de que todo lo que tuviera que ver con coches y música, era aquello a lo que quería dedicar mi tiempo fuera de mis obligaciones como estudiante. Y si hay algo que me caracteriza desde que tengo memoria, es que suelo ser bastante intenso con aquello que me gusta, por lo que me absorbe, pasa a formar parte de mi mismo, y deja poco espacio para el resto. Y así fue que tiempo después ya en edad laboral, en cuanto pude me dediqué a la venta de coches, y también tuve taller de chapa y pintura. Y como decía, todo eso con intensidad, no había un día de descanso. Iba al taller incluso los domingos aunque estuviera solo, porque aquello para mi no era un trabajo, era simplemente respirar, vivir.
Pero quiero volver a lo que comentaba al comienzo, porque si continúo con lo que venía diciendo se me abren tanto recuerdos y tantas líneas narrativas, que terminaría el episodio sin contar lo que quería contar. Por tanto me voy a concentrar en aquel 1978 que decía en el inicio, año del Mundial de fútbol en Argentina y que viví en directo a través de la televisión en Blanco y negro, porque el color nos llegó recién en 1981.
Resulta que a principios de aquel 1978, en el verano del sur, las cuestiones del trabajo y economía familiar iban bien. Así que tras un BMW 2002 que habíamos tenido desde 1974 hasta 1978, llegó el momento de cambiarlo. El elegido fue el que en ese momento era el nuevo lanzamiento de la marca, presentado unos meses antes en el Salón de Fráncfort de 1977, la nueva serie 3, el E21, y me refiero al BMW 320 de 6 cilindros, que en carrocería, pero sobre todo motor, era la la evolución de aquel 2,000 c.c. de 4 cilindros, que en el modelo 2002, había dado tanto prestigio y alegrías a la marca alemana.
Y todavía me acuerdo aquel primer fin de semana cuando mi padre trajo el coche a casa. Era de color gris y al ser verano nos fuimos a una casa que teníamos en la playa. Era sábado por la mañana, hacía calor y salimos a hacer unas compras pasando por la panadería y otros sitios, mientras mi madre estaba en casa preparando algo para el mediodía creo. La mañana fue avanzando, y por aquel entonces éramos varia familias que teníamos la costumbre de ir juntas a la playa y no solo de día, porque incluso por la noche, convenientemente provistos de faroles a mantilla, organizábamos un grupo al que se sumaban también vecinos, y moviéndonos en varios coches hasta un sitio propicio, bajábamos con redes, y pescar a la luz de la luna era una experiencia maravillosa. Además siempre traíamos una buena cantidad de presas, que cocinadas entre todos, comíamos juntos el domingo al mediodía.
Y aquel sábado todos siguieron la rutina, menos mi padre y yo, porque me vio disfrutando a su lado de aquel flamante 6 cilindros, y me preguntó si quería que fuéramos con el resto del grupo como siempre. Pero le dije que prefería pasear en el coche, así que como ambos estábamos abducidos por el nuevo BMW 320, aquella mañana recorrimos cada rincón de un pueblo de costa que por aquellos años tenía zonas casi vírgenes, caminos por los que nadie circulaba, y que en contacto con la naturaleza, desde mi asiento de acompañante disfruté mucho. Y sin hacer falta preguntarlo, no tengo ninguna duda de que al volante aquello era incluso mejor, y por eso seguramente años mas tarde algún creativo publicitario incorporó a la imagen de la marca, esa conocida frase que dice “¿te gusta conducir?”
Pero como se dice, “todo llega y todo pasa”, así que aquellos momentos de no querer ni bajarse del vehículo, fueron dejando paso a la normalidad diaria, en la que evidentemente mas allá de estar a gusto con algo, ese objeto ocupa su lugar como herramienta de trabajo o desplazamientos, y los momentos para disfrute quedan como parte de otras cosas, pero ya no son el meollo del asunto. Así que pasaron las vacaciones, y de nuevo en la rutina de trabajo -y por mi parte estudios-, llegó un fin de semana como tantos otros.
Aquel sábado evidentemente yo estaba focalizado en otras cosas, porque me quedé en casa, y me perdí el mini paseo que significaba ir a repostar gasolina y lavar el coche.
Mi padre tenía que pasar un momento por la casa de un familiar, así que decidiendo hacerlo a la vuelta, primero se acercó hasta la estación de servicio que regenteaba un conocido suyo, un negocio muy bien puesto, porque también tenía lavadero automático y algún otro servicio que ahora no recuerdo.
Hacía buen tiempo, así que estaba lleno de gente, y luego del combustible, tuvo que hacer cola para pasar por la máquina de lavado. Pero antes de esos cepillos, varios empleados hacían un pre-lavado manual con mangueras a presión, para quitar el barro en los bajos de los coches, pero sobre todo lo que se acumulaba en el interior de los guardabarros. Y hablando de empleados y trabajo manual, el final del servicio, tras la máquina automática, también se hacía por otro grupo de personas que se encargaban del aspirado, limpieza de cristales, interiores del coche, y finalmente hacían un secado general con paños, para completar el realizado por la máquina del tren de lavado.
Y todo comenzó con una primera casualidad, y es que detrás de nuestro BMW 320, en la cola había otro exactamente igual. Y obviamente a medida que iba progresando el trabajo en cada coche, la fila se iba moviendo, avanzando por cada etapa hacia el final del recorrido.
La cuestión es que habiendo ya pasado por el pre-lavado y la zona automática, mi padre avanzó el coche hacia la zona del aspirado. Allí abrió las puertas, se bajó, y mientras los encargados de esos trabajos comenzaban las tareas dentro del habitáculo, él se fue hasta la parte trasera, porque tenía algunas cosas en el maletero, así que las acomodó, para que no molestaran a la hora de quitar el poco polvo que había por allí.
Pocos minutos mas tarde, ya había pagado por el servicio completo, le avisaron de que el trabajo estaba terminado, así que se acercó otra vez hasta le maletero, y distribuyó nuevamente los pesos de lo que llevaba, para que no se movieran y molestaran mientras conducía. Cerró entonces la tapa del maletero, y se subió a su 320, para salir en dirección a la casa de nuestro pariente.
Y en esos instantes que uno tarda en poner la llave en el contacto, comprobar que no hay ninguna marcha seleccionada, ponerse el cinturón y alguna otra comprobación a vuelo de pájaro, sintió un chirrido como el de esos coches de competición de ruedas anchas que queman goma en EEUU cuando salen disparados en esas típicas carreras en la que dos competidores luchan por llegar primero al final de un recorrido en línea recta, de unos pocos cientos de metros. Y antes de que se diera cuenta de lo que estaba pasando, un golpe fuerte en la parte trasera del coche, le sacudió todo el cuerpo.
Inmediatamente se bajó si entender todavía que estaba pasando. Y resultó que el BMW 320 que le seguía en la cola, había embestido al suyo.
Inmediatamente se acercaron todos los empleados, y también los dueños de los vehículos que estaban allí, porque aquello era noticia. Dos BMW 320 flamantes que en aquel entonces y latitudes costaban no una pasta, dos, tres y mas, estaban enganchados, y ambos con daños que los iban a llevar varios día al taller, costando mucho dinero.
Obviamente el dueño del establecimiento estaba bastante preocupado, y como siempre lo primero era asegurarse de que no hubiera heridos. Por suerte no los hubo, y mi padre -como me contaba-, decía que había tenido muchísima suerte, porque había estado organizando el maletero, y de haber ocurrido el impacto tan solo unos segundo antes, como poco se habría quedado sin piernas, o peor.
Y pasados unos momentos, el asunto quedó claro, el 320 “gemelo”, conducido por un empleado de la gasolinera, saliendo de la parte del lavado automático e intentando acercar el coche a la parte del aspirado, había acelerado demasiado, soltando el embrague con la impericia suficiente como para provocar aquel desastre.
Vaya a saber si tenía el calzado mojado, le faltaba experiencia, o lo que fuera, pero cuando se bajó y vio que le había desecho el frontal al BMW de un cliente, y la parte trasera de nuestro coche había corrido la misma suerte, parece que salió corriendo, y según palabras del dueño del lugar, nunca mas supieron de él.
Era como decía 1978, no había teléfonos celulares y la mayoría de gente por donde yo vivía no tenía ni fijo, así que a esa altura yo estaba en casa sin saber nada del asunto, y aquello se llevó su tiempo porque hubo que organizar todo lo referente a denuncias, seguros, etc. Y me imagino la mañana que habrá tenido el dueño de la estación, cuando apareció el propietario del otro BMW que esperando encontrárselo limpio y brillante, se dio cuenta de que se lo habían estampado contra otro coche.
Pero volviendo a mi padre, una vez asimilado el mal trago, como estaba previsto, fue hasta la casa de nuestro pariente. Aparcó en la puerta, tocó el timbre, y cuando fue atendido, antes de entrar y hablar de los temas que tenía previstos, le mostró lo que le había ocurrido en el lavadero.
Entraron a la casa, charlaron unos minutos, y poco después una vecina que vivía enfrente les tocó el timbre. Cuando le abrieron, tras un rápido saludo como corresponde a gente que se conoce de años, preguntó de quién era el coche que estaba aparcado en la puerta, porque obviamente era de alguien que estaba de visita allí. La mujer estaba algo nerviosa y habiendo encontrado al propietario, -mi progenitor- le dijo que se acerca a la calle porque quería mostrarle algo. Y a medida que salían atravesando el jardín de la casa, hacia la acera, aquella mujer muy apenada le dijo a mi padre que había salido de su garaje marcha atrás con su flamante Fiat 600 S (el que lleva motor 850) y en un descuido, le había dado un golpe en el guardabarro trasero izquierdo, pero que ella no tenía nada que ver con el otro que tenía por detrás, y que se veía muy reciente.
Y seguramente mi padre aquel día habrá pensado que si en la misma mañana le había ocurrido dos veces lo que le había ocurrido, sacarse la lotería no podría ser tan difícil. Y hablando de lotería, hoy por hoy sabemos lo que cuesta encontrarse con bueno vecinos, así que muy bien por aquella señora, que viendo que el coche de mi padre ya estaba chocado, habiéndole dado un nuevo golpe muy próximo al que ya tenía, de inmediato avisó, asumió su culpa, y quiso solucionar el problema. Por tanto -y como correspondía- se hicieron las correspondientes denuncias y lo previsto en éstos casos.
Y así poco mas tarde, un padre de familia con evidentes signos de que no era su día, regresó a casa, y yo solía abrir el portón del garaje cuando sentía que llegaba, y ese día estaba tardando demasiado, así que yo estaba pendiente, y en cuanto sentí que se acercaba, comencé a abrir el portón, y advertí en su cara, que algo había pasado.
En principio no me di cuenta, porque viendo el coche de frente uno no estaba buscando cosas raras, pero en cuando me puse de costado me di cuenta del golpe que le había propinado la vecina, y poco después el peor, en la zona del maletero. Así que en cuanto guardó el coche en el garaje, le pedí que me contara que había ocurrido porque no me lo podía creer, y obviamente el tampoco.
Y fue una de esas jornadas que uno no se olvida, porque aquel BMW era para nosotros algo especial. Para mi algo material de lo que me gustaba disfrutar, pero para mi padre el fruto de décadas de trabajo en los que partiendo desde cero, y hasta poder darse ese gusto, nadie le había regalado nada.
Pero todo salió bien aquellos días, los seguros de la estación y la vecina cubrieron toda la reparación, que además se hizo creo en la propia planta de armado de BMW, y el coche quedó impecable. Por lo que seguimos con él hasta, 1980 momento en que mi padre estaba interesado en otro tipo de vehículo, y decidió venderlo. Enseguida surgió un interesado y recuerdo que vino a casa y también tenía un 320, pero un año mas viejo. El suyo era de 1977 con motor 2,000 c.c. pero de 4 cilindros, y cuando probó aquel pura sangre de 6 cilindros con pocos kilómetros, no se lo pensó un segundo, y soltó muchísima pasta para poder hacerse un gusto, del que nosotros ya habíamos disfrutado un par de años.
Y esto es lo que te quería contar hoy. Muchas gracias por tu tiempo, escuchando o leyendo hasta aquí ésta nueva entrega de Bitácora Mental, y te espero la semana próxima.
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