En éste Bitácora Mental hago un relato del comienzo de una «aburrida» mañana de domingo, un día de la semana que no es precisamente mi preferido, pero con el que he aprendido a convivir (a la fuerza). Así que te doy un panorama de lo visto en el inicio de esa jornada, y quizá (solo quizá) te identifiques con algo de lo que digo.
Domingo por la mañana antes de las primeras luces del día, y no hay que ser muy perceptivo para darse cuenta de que será otro día de esos de calor “polarizado”, donde muchos estarán o saldrán corriendo en dirección a las playas, y otros, portadores del virus asocial o quizá simplemente mas entrados en años, nos quedaremos bajo el ala protectora de la tecnología. Sí ya lo sé, personas de cierta edad y cacharros tecnológicos no parecen ser una asociación brillante, pero cuando se trata de un aire acondicionado, todo es mas sencillo, porque incluso los sexagenarios, son nativos de ese confort.
La estación meteorológica dice que el piso amanece con más de 29ºC en su interior, a pesar de que lleva rato en operación ventilación, algo que no llega a concretarse en lo referente a bajar su temperatura, porque con las noches mas que tropicales, eso es casi utópico. Pero contra todo pronóstico, el termómetro consigue un “28 y algo”, al que el cuerpo se acostumbra, y sin las calorías de un desayuno que está por llegar, hasta parece un ambiente agradable.
Poco después de ingerir la primera comida del día, -la mas importante dicen, a pesar de que en lo personal, por la dieta estricta no lo es-, ya queda claro que va llegando el momento de cerrar todo para que no entre mas calor. Así que es buena idea aprovechar para salir a tirar la basura, antes de que la calle sea un infierno.
Y esa es la única tarea exterior planificada para ésta “aburrida” jornada. Así que bajo por las escaleras para además de hacer un poco de ejercicio, evitar hacer uso de ese espacio cerrado en el que viajan continuamente personas de todas las edades y condiciones físicas. Un sitio de recreo, sobre todo para los millones de germenes que conviven en sus instalaciones, entre esas visitas semanales en las que se hace como que se limpia, aunque a veces el remedio es peor que la enfermedad. Y es que nunca entenderé como subir o bajar durante unos pocos segundos en un vehículo eléctrico que se conduce tocando un botón, puede generar tanta interacción con los usuarios.
Porque ya me dirás cuanto se necesita para moverse hacia arriba o hacia abajo en un edificio de solo 4 plantas. Arriesgaría a decir que el trayecto mas largo no pasa de los 10 segundos. Pero parece tiempo mas que suficiente para que el vecino o vecina de turno, le de besos al espejo, comparta sus huellas dactilares incluso en sitios insospechados, necesite apoyar sus pies en las paredes del ascensor, o simplemente camine por ellas dejando pisadas, que llevarían sin duda hasta la propia marca y talle del calzado en cuestión.
También podríamos hablar de rastros de bicicletas, patinetes, alguna mascota con incontinencia provocada, o esa basura de varios días que ya es mas líquido que solido, y gota a gota va marcando el camino hacia su contenedor correspondiente, (cuando llega).
Y todo lo anterior sin olvidar la compra, del tipo que sea, porque desde alimentos hasta lo que se te pueda ocurrir, casi sin buscar encontrarás pistas fidedignas de que han pasado por allí. Sin olvidar por supuesto las cuestiones del hogar, esas adquisiciones de cierto peso o volumen que requieren entrega por personal adecuado, que la mayoría de las veces no lo parece, y ya desde la entrada del edificio van golpe a golpe a golpe, verso a verso, porque como dice la canción, “caminante, no hay camino. Se hace camino al andar”.
Y a veces da risa (por no llorar), porque uno no se explica como alguien es capaz de aburrirse en el tiempo que necesita para recorrer la distancia desde la entrada hasta su casa, o viceversa. Pero ocurrir ocurre, porque ni el hipnotismo producido por una pantalla de móvil es suficiente para evitar esa necesidad de querer hacer algo de provecho durante el recorrido, y qué mejor que dejar inmortalizado el momento en algún sitio visible para los demás, porque “he estado aquí”.
Llego a la planta baja tras haber disfrutado de las privilegiadas vistas que ofrecen paredes que acompañando mis pasos y decoradas con un arte moderno que no soy capaz de comprender, a ojos de otros evidentemente regalan una experiencia de expresión libre, que imperdonablemente mis padres habrán olvidado enseñarme en casa, cuando de pequeño tanta cosa útil absorbí de ellos.
Pocos pasos antes de llegar a la calle, alguien que supongo acaba de salir del ascensor camina por delante de mi, abre la puerta y sin mirar atrás se aleja del edificio. En esos menos de cinco segundos que tardo en llegar a ese punto, se cierra. Vaya sorpresa, creo que es la primera vez en toda la semana que no me la encuentro abierta. Y lo comprendo, mirar el móvil mientras se camina, o lo que se haga en diferentes momento del día, está provocando unas deformaciones a nivel óseo en nuestro cuello, que girarse para comprobar si el acceso al edificio ha quedado debidamente cerrado o no, es un dolor extra al que nadie está dispuesto. Y mucho menos hacer el esfuerzo de perder un segundo de su valiosa vida, darse vuelta y cerrar con la mano. Eso evidentemente se considera ya manía propia de viejos decrépitos.
Piso la acera y parece que los perros de turno no han madrugado. Mejor dicho sus dueños evidentemente en domingo no tienen prisa para dejarlos evacuar en los portales vecinos. Con suerte retendrán líquidos hasta un poco mas tarde, y si la cosa va mal ya se sabe, a nadie le molesta si se escapa algo en espacios comunes, porque lo contrario es intolerancia de la mas rancia.
Cruzo la calle y hay vida allí donde la busques, los bares están ya con movimiento y tengo el honor de haber podido mirar a derecha e izquierda sin que varios vehículos mal aparcados hicieran que tuviera que jugarme el tipo para llegar a la otra acera. Porque aun cruzando por un paso de cebra que se ve de lejos, ya se sabe, vivimos en un mundo con prisas y distracciones, así que mirar solo hacia adelante y concentrarse en lo que ocurre en la calle por donde circulas, eso es mucho pedir.
Recorro los metros que me separan de los contenedores, y es un día de suerte, el campo minado ha sido desactivado por algún buen samaritano que habrá llevado el rastro de su camino hasta el porta de su propia casa. Llego frente a donde depositaré mis residuos perfectamente repartidos para ser reciclados, y otra alegría. Hay sitio en los contenedores, mala suerte para el congreso de moscas y bichos varios que se dan cita de forma ininterrumpida casi a diario. Alguien ha hecho bien su trabajo y me ha regalado un poco de olor a vegetación, que hoy momentáneamente prevalece sobre el resto de aromas de la selva de cemento.
Emprendo el camino de regreso, no reparo en muchos detalles, no quiero amargarme la mañana tan pronto, porque la felicidad son esos momentos efímeros en los que tu mundo conspira para sacarte una sonrisa. Pero ya se sabe, lo bueno dura poco, y vuelvo a la realidad. Entro en mi edificio, que quizá sea como el tuyo, ese sitio en el que el trasiego diario del tipo que sea, hace que convivas con toda suerte de personajes que van dejando su adn y olor, al estilo gatuno o perruno. Eso sí, generalmente perfumados y ataviados como corresponde, porque vivimos en tiempos que “parecer” es mas negocio que “ser”. En fin un domingo mas, y como dice la canción “al final, la vida sigue igual”.
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