187- El olor de la vergüenza

En éste episodio de Bitácora Mental te traigo un recuerdo de niño, un momento de esos en que las cosas no salen como uno esperaba, y se pasa vergüenza. Pero en éste caso, creo que salí bastante bien parado.

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El tema olores es cosa seria, al menos para aquellos que por suerte o por desgracia solemos percibirlos de forma rápida, e intensa. Por lo que cuando el aroma es agradable se disfruta, pero cuando no lo es, la incomodidad se potencia, y ahí es cuando cada “víctima” de los llamados malos olores, o por decirlo de forma menos dramática, cada “sufridor”, termina reaccionando de forma diferente.

Y no tengo ninguna duda de que en algún momento todos hemos tenido alguna experiencia desagradable a nivel del sentido del olfato, y podríamos contar innumerables anécdotas al respecto. Así que mencionar alguna o simplemente comentar un hecho puntual no tiene el mayor mérito, ni probablemente tampoco interés. Pero estamos aquí para contar cosas y entretener, así que con la tranquilidad de que si no te gusta, con un solo click tienes la posibilidad de callar mis palabras, déjame que te lleve atrás en el tiempo, y comparta contigo éste recuerdo de niñez, en el que un olor fue protagonista. Eso sí, para los mas sensibles, desde ya advierto que es un contenido de corte escatológico, pero del tipo leve e inocente.

Corría 1979, estábamos en invierno, yo tenía 12 años, y cierto domingo, mis padres decidieron que era buen momento para visitar un mirador que se había inaugurado en la ciudad donde vivía, y que estaba ubicado en uno de los últimos pisos de un edificio municipal.

La particularidad de éste sitio, era que estando a unos 80 metros de altura, o poco mas, permitía apreciar unas vistas únicas de toda la ciudad, y sumado a la cafetería o pequeño restaurante que funcionaba en aquella planta, se había constituido en un punto de atracción turístico local. Y si bien las vistas en todas direcciones, ya era un llamador interesante, aquello tenía un extra que daba mucha curiosidad. Porque para acceder a aquel lugar, tenías que hacerlo mediante un par de ascensores que funcionaban por fuera del edificio, que siendo acristalados, te iban dando un aperitivo de lo que te esperaba en la cima.

Evidentemente no era algo atractivo para quienes tuvieran problemas de vértigo, pero si eras una personal normal, poder partir desde una altura cero sobre el nivel del mar, y ver el ascenso hasta esos 80 metros, era interesante. Y -salvando distancias-, similar a lo que ya había conocido, cuando desde la ventanilla de un avión, observando el despegue, a cada segundo uno ve como todo se aleja, y hace cada vez mas y mas pequeño.

Así que ese día fuimos, pagamos la entrada para poder viajar en esos ascensores especiales, y eran los tiempos de hacer cola en cualquier cosa que significara atracción. Una época en la que el entretenimiento y los espectáculos estaban fuera de casa, y no en dispositivos conectados a internet. Así que tras esperar lo necesario, accedimos a la unidad que en ese momento estaba prestando el servicio de subida, y pudimos conseguir ocupar sitio frente a la superficie acristalada. Eso nos permitió observar con lujo de detalles, como ascendía aquel aparato, sujeto al exterior del edificio, a través de unos rieles verticales a los que, -en busca de una experiencia nueva-, confiábamos nuestro destino

El trayecto de subida tardaba lo suyo, porque además de las limitaciones técnica del equipo, también estaba la intención de que cumpliera su función como atracción turística. Así que lejos de forzar la máquina de forma permanente y durante horas, se buscaba ese punto en el que se da el tiempo necesario al recorrido para que la gente pueda apreciar lo que se quiere mostrar.

Y no recuerdo para cuantos pasajeros estaba habilitado, pero arriesgaría a decir que como máximos una docena. Han pasado casi 45 años y no es un detalle que haya retenido con claridad. Lo que sí puedo decir es que tenía ascensorista, que era quien controlaba el aforo, temas mínimos de seguridad, y evidentemente era el encargado de trasladar a los viajeros hasta la cima, del mismo modo que otra persona se encargaba del viaje de regreso, en su gemelo, ubicado inmediatamente al costado del que nosotros estábamos utilizando.

Tengo que decir que el ascenso me gustó mucho, y una vez llegados al piso concreto, salimos del ascensor, y recorrimos las instalaciones del lugar, hasta llegar al punto por donde se accedía a la terraza. Una vez allí comprobamos lo previsible, que había mucho viento, porque además de la altura, la zona normalmente se caracteriza por fuertes corrientes de aire. Por tanto, sumado a que estábamos en una de las estaciones del año que diríamos “frescas”, estuvimos sí un rato moviéndonos por el lugar y contemplando todo el panorama alrededor, pero no daba para quedarse mucho mas, si ya habías visto lo que tenías que ver.

Dejamos entonces el exterior, y regresamos a las instalaciones de la cafetería, donde confieso que no recuerdo si tomamos algo. Pero probablemente sí, porque era parte de la gracia, permanecer allí un rato, apreciando el entorno durante el mayor tiempo posible. Así que una vez satisfechos con esa etapa del paseo, llegó el momento de tomar posición frente a los ascensores, para emprender el descenso.

Recuerdo que había poca gente para bajar, por mis cálculos todos entraríamos en el mismo viaje, y yo era el último de la fila.

La cuestión es que esperando que llegara el transporte, sentí una molestia de esas que uno inequívocamente asocia con la necesidad fisiológica de dejar que algo abandone rápidamente su cuerpo. Pero no del tipo que hay que salir corriendo, sino de la variante gaseosa, que provocando una presión abdominal puntual, con experiencia, es posible solucionar de forma fácil, discreta, y en casi cualquier momento o situación, sin llamar en absoluto la atención.

El lugar donde se esperaba el ascensor para bajar no era muy grande, pero suficiente para -en el momento justo- desprenderse de aquel lastre, dejarlo atrás, y evitar que a uno le siguieran el rastro.

Todo ocurrió muy rápido, y en el momento en que era inminente la apertura de puertas porque el indicador lumínico informaba la llegada de nuestro transporte, siendo tras mis padres el último de la fila que conformaba el pequeño grupo que descendería, sin que nadie se diera cuenta di 3 o 4 pasos hacia atrás, y en el momento en el que sonó el timbre de apertura de puertas, liberé en silencio aquello que sobraba desde lo mas profundo de mi ser.

La gente ya había comenzado a ingresar en el ascensor, así que apuré el paso, retomé mi lugar e ingresé el último. Y siendo el pasajero de menor estatura, tenía claro que estaba condenado a no poder ver nada a través de aquella superficie acristalada, que acapararía el interés durante el descenso.

Con todos dentro, el ascensorista hizo que se cerraran las puertas inmediatamente, y para no ver la espalda de otras personas, giré mi cuerpo y quedé mirando a la entrada, igual que el empleado que iba controlando el descenso, observando el cuadro de mandos.

La gente estaba en otra cosa, e intentaba disfrutar de la vistas, que para algo habían ido hasta allí. Y apenas habían pasado 10 segundos desde que nos habíamos acomodado, quedándonos quietos, y sentí que algo iba mal.

Evidentemente había fallado en mi misión de dejar en la sala de espera del ascensor aquel lastre, del que me había desprendido sin llamar la atención.

Al parecer no había contado con un efecto succión, que de hecho fue lo que ocurrió cuando se abrieron las puertas de aquel transporte. El aire que estaba en la sala de espera fue a parar al interior del ascensor, probablemente ayudado también por una mini corriente producida por la gente que se movía en esa dirección.

En resumen, que allí estaba yo, catando el aroma que pensaba había dejado de regalo en el sitio correcto, pero lejos de eso, la prueba del delito me había perseguido, y estaba claro que no había sido buena idea, porque había fallado mi misión.

Aquel viaje hacia la planta cero, fue uno de los mas extraños que haya vivido como pasajero de un ascensor, y a la vez, mi mejor actuación a la hora de intentar disimular algo.

Como digo, solo habían pasado unos segundos, e inmediatamente todos comenzaron a darse cuenta de que aquel sitio olía fatal, así que el interés por las vistas pasó a segundo plano, y la incomodidad se hizo evidente. Éramos varias personas medio apretadas en un sitio que no tenía ventilación. Porque aquella caja metálica -como había dicho al comienzo-, iba por fuera del edificio, y supongo tendría ciertas limitaciones técnica en ese sentido. Hay que tener en cuenta que estaba expuesto a la lluvia y el viento, por lo que seguramente no podía tener respiración por la parte de arriba y solo algo mínimo de seguridad en la zona de la puertas, que esas sí daban a la parte interna del edificio. Además eran los 70s, no había equipos de aire acondicionado pequeños, -al menos donde yo vivía-, y menos los conocía preparados para un ascensor de ese tipo.

La situación comenzó a poner nerviosa a la gente, que se movía dentro de aquel reducido espacio, girando su cuerpo e intentando de alguna forma protegerse y detectar de donde provenía el problema, pero el aire cada vez estaba mas viciado.

Recordemos que era invierno, íbamos abrigados, y teniendo en cuenta la velocidad a la que se mueven éste tipo de aparatos, y que en éste caso era lenta para disfrutar mas de las vistas, tomando el estándar de 1 metro por segundo, los 80 metros de recorrido, entre partida y arribo que se hacía mas lento, eran casi 1 minuto y medio de viaje, respirando aquel aire viciado.

Como se dice, no hay mejor defensa que un buen ataque, así que aprovechando mi condición de niño, como ya todos se habían girado y comenzaban a mirarse entre ellos, hice lo propio, pero sumando muecas con al boca y la nariz, como expresando que aquello olía fatal y alguien -que no era yo- tenía la culpa.

Era un época en que se mantenían las formas, así que nadie dijo palabra, pero en las caras se veía que todos lo estaban pasando mal. Además buscaban al responsable, porque aquello era algo del peor gusto, si es que se había hecho como broma, o de muy mala educación si obedecía a un descuido o decisión de llevar a cabo un hecho que bien podría haberse retrasado apenas 2 minutos, evitando hacer partícipes involuntarios a un grupo de personas, que no tenían porqué verse involucradas en un problema de corte estrictamente personal.

Así que íbamos bajando, la gente moviendo sus ojos en todas las direcciones, y yo el que mas, clavándole la mirada a cada uno de los pasajeros, con cara seria, como si fuera a conseguir que alguien -por nerviosismo o vaya a saber qué-, hiciera un gesto equivocado, y se llevara todas las sospechas de aquel evento, que atentaba como mínimo, contra la salud y las buenas costumbres, en un momento de convivencia fortuita.

No pasó mucho tiempo en que el ascensorista decidió que aquello se había tornado insoportable, y a pesar de las bajas temperaturas, sin mediar palabra encendió un ventilador que había en una esquina del ascensor, y que evidentemente se usaba solo en verano. Era uno de esos medio aparatosos que se ven en las películas viejas, con aspas afiladas, base metálica y cobertura de seguridad del mismo tipo, en forma de varillas circulares.

lo puso al máximo, mientras miraba al vacío, como se suele hacer cuando uno comparte espacios de éste tipo, durante algunos segundos, y con personas desconocidas, con las que no suele entablar conversación.

Y así transcurrió aquel viaje, en el que yo seguía importunando a todos haciendo caras como tratando de que alguien confesara, y los demás con mesura y discreción haciendo pequeñas miradas por si se descubría al culpable, pero sobre todo, tomando ya posición para salir de aquel sitio, lo antes posible.

Y así muy poco después, llegamos a la planta cero.

Al abrirse las puertas, parecía la largada de una carrera de galgos, así que estando en primera fila, salí disparado y conmigo el resto, al punto de que incluso el ascensorista decidió tomarse un receso y abandonar su puesto de trabajo, dejando que aquella caja metálica se ventilara lo suficiente, antes de continuar dando el servicio.

En resumen, que aquello que con discreción quise dejar atrás inmediatamente antes de subir al ascensor, fue lo mas parecido -en negativo- a lo que llamamos un “juan palomo”, aunque en éste caso fui generoso, o mas bien involuntariamente villano, porque aquella gente no se merecía una paseo turístico con la fragancia que les tocó por acompañante, en su viaje de regreso.

Pero por lo visto, en aquel momento, nadie consiguió encontrar al culpable, y ni siquiera mis padres se dieron cuenta de quien había sido el responsable de tan mala experiencia. Por lo que mas tarde, ya en territorio seguro habiendo abandonado el lugar, les confesé mi autoría en el hecho, y con las excusas del caso, porque las leyes de la física me habían jugado una mala pasada.

Y a ésta altura me dirás que soy un exagerado, que no podría oler tanto y tan mal. Pues te digo que “somos lo que comemos”, hay cosas que saben muy bien en la boca, y dan mucho placer al momento de consumirlas, pero dejan un rastro muy potente respecto a otras. Así que te aseguro que tienes suerte de escuchar ésta anécdota a través de mi relato, y no de haber sido parte de ella, presencialmente.

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